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Círculo vicioso

A Simón Carrillo le sobraban razones para irse. Cuando él y su familia vieron que la cosa no pintaba muy bonito en Cabudare (Venezuela), decidieron partir evitando morir a manos de algún malandro.

A lo mejor se cansó de asistir a fiestas y reuniones donde solo escuchaba las voces de los que consideraba sobrevivientes de la cotidianidad, los sobrevivientes del hampa motorizada, los sobrevivientes del hampa a pie, los “al menos solo le quitaron el teléfono y no la vida”. Esos mismos sobrevivientes a los que Simón llamaba amigos, conocidos o hasta familiares.

Tal vez fue víctima del odio que un tal ‘Maykel’ o un tal ‘Yeison’ imponían a punta de trancazos por su zona. A lo mejor hasta fue testigo de una de las muchas balaceras que frecuentemente se armaban cerca del Metropolitano.

Lo cierto es que para el año 2006, Simón tomó con una mano su maleta y con la otra un pasaje de ida sin vuelta programada a USA. Decidió alejarse del miedo y las balas que a diario lo atormentaban y refugiarse en la blanca arena de las playas de Orlando.

Allí, no le llevó demasiado tiempo tomar las riendas del McDonald’s de la esquina donde ejercía de manager general, conseguir la ciudadanía americana y más recientemente comprar su propia casa y auto eran logros que ostentaba en su palmares.

Sin embargo, trabajar no era suficiente para él. Simón quería un diploma con su nombre, por eso estudiaba Contaduría Publica desde hacía dos años.

Unas cuantas visitas a SeaWorld y una buena dosis de trabajo duro le bastaron para dejar a un lado la violencia barquisimetana.

Con el tiempo, rumbear los fines de semana se volvió rutina. Después de una larga jornada atestada de cajitas felices y McCombos del día, ¡qué mejor que acudir a la discoteca Pulse donde él y su grupo podían olvidarse aunque sea por un rato de los estúpidos prejuicios de sociales que a diario les murmuraban!

Pista de baile a reventar, música electro que absurdamente cualquiera puede bailar y birra tras birra la noche transcurría tranquila.

Simón le contaba a Cristofer que la semana pasada había donado sangre en el Florida’s Blood Centers cuando de la nada, su historia fue interrumpida por el sonido de la puerta estrellándose contra la pared. Al fondo se dibujaba la sombra de un hombre inmóvil con arma en mano.

No hay mucho que decir sobre lo siguiente.

Gritos, suplicas y tiros contrastaban con la música electro. Parejas corriendo horrorizadas sobre charcos de sangre y alcohol, y otras cuantas cayendo al suelo. La ley de la selva sigue vigente: solo el más fuerte sobrevive.

Un festival de balas, un solo anfitrión y más de 49 invitados obligados.

Simón falleció al recibir el impacto de un AR-15.

Su único crimen fue su orientación sexual, al menos en Cabudare eso sí era legal…

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A ratos compositor de palabras

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