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Lo que no tiene nombre por Adriana Gómez

El dolor se entiende cuando se padece. En todo estadio de su existencia, la humanidad ha compartido la experiencia de fragmentarse, volverse añicos, partirse y quedar sin palabras. El dolor asombra y ensombrece más, en la medida que nos toma desprevenidos, vulnerables. El dolor va de la mano de la historia escrita, de la experiencia mediata y la ancestral.

A través de los códigos culturales que apropiamos en el curso de los años, vivimos el dolor con las posibilidades que este equipaje nos delimita. El dolor es personal e intransferible, el dolor se arraiga cuando la cotidianidad evidencia un duelo continuo en la historia personal y colectiva.

La muerte es el suceso más conmovedor, suceda en el escenario que sea, pero cuando llega de la mano de la fuerza bruta o por la bruta conciencia humana, cuando la muerte se acompaña de convenios tácitos y oscuros; cuando los intereses de unos adquieren el poder de decidir sobre la vida de los otros, cuando la gana de ganar, gana a la razón, cuando las víctimas son civiles, donde los niños se hacen parte inocente del conflicto y las mujeres son vulneradas en toda su integridad, cuando la muerte misma se salpica de rojo los ojos y no discrimina, ésta, es la muerte más dolorosa

 

Todo llega a la muerte hasta la muerte misma, se cansa de estar viva en tantos territorios armados de armas; de ideas, de argumentos que son alfabetos erráticos y apelmazados en una torre de babel tan contemporánea y próxima que da miedo.

La intención urgente de reparar, escribir de nuevo la historia, de pasar la hoja escrita durante los últimos años y de los muchos en los que no he estado, con un brochazo, con una mano de pintura blanca, con un gesto rápido y eficaz…no ha sido posible. Es un  testimonio personal de hechos cotidianos, de experiencias diarias ante un país que se desangra en la construcción de sí mismo. Es el croquis de todos los muertos y de los que quedaron medio muertos, en un duelo permanente. Poblaciones vulneradas, desplazadas, víctimas de la violencia, del narcotráfico y de las políticas sesgadas de grupos corruptos y con intereses muy alejados del bien de la colectividad.

La esperanza, el brochazo o la mano de pintura blanca, limpia, es el deseo inmenso de consolidar en un lenguaje universal el entendimiento de todos los colombianos dentro de las diferencias que nos hacen únicos e irrepetibles. Es la intención de pasar la página, y; a pesar de la historia roja ya escrita , recrearla dentro de un territorio amplio y suficiente para todos, un lugar donde los sueños comunes se confabulen para crecer en la convivencia diaria, en la construcción de un mundo mejor para nuestros hijos.

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