Otro Héroe Anónimo de la Cotidianidad

“Caracas, la ciudad más peligrosa del mundo”

Televisión, radio, Internet, de boca en boca, en las conversaciones diurnas, en las conversaciones nocturnas. Creo que la abrumadora repetición redujo la tragedia a un simple cliché. Las 5235 personas asesinadas anualmente se convirtieron en un burdo número, solo un dato más. En este contexto de falta de paz sin guerra pasan desapercibidos individuos increíblemente peculiares.

Hora pico en la estación Plaza Venezuela. El concepto de espacio personal, aquí, no existe. Cada quien se ocupa de sus asuntos, cada quien es ciego a la realidad del otro. El egoísmo se materializa cuando un muchacho se lleva por delante a una anciana solo para llegar a tiempo a su lugar de destino. Hoy más que nunca Yordano acierta “La piedad hace rato que se fue de viaje”.

Inmerso entre caos y egoísmo se encuentra en silencio un joven de unos 22. A lo mejor su destino es la universidad o el trabajo -o un supermercado-. Como todos, él también sufre de realidad crónica. Como todos, él también tiene sobredosis de violencia. No está aislado en una esquina o apartado cerca de una columna. El valiente, en efecto, está parado en el medio del bululú. Allí, en la boca del huracán. En medio del calor, los gritos y la angustia caraqueña.

Se camufla con el entorno, hasta parece invisible por momentos. A primera vista luce indefenso. Típica presa fácil de la nuestra ‘sociedad’ diría cualquiera. Pero no es así. El chamo empuña su escudo a vista de todos, casi de manera descarada. Para esto no necesita porte de arma.

Su más preciado tesoro.

Un libro.

Mientras todos a su alrededor intentan defenderse a punta de trancazos y gritos, él se aferra ciegamente a las aventuras que su libro relata para él. Atento, escucha plácidamente la música de las palabras que el autor le recita al oído. No requiere de empujones para dejarse seducir por el ritmo bamboleante de los párrafos. Palabra tras palabra. Frase tras frase.

A su lado pasan a toda prisa ráfagas fugaces de hostilidad y discordia. Niños llorando y mamás que los pellizcan, ancianos gruñones que -en todo su derecho- exigen su respectivo puesto. Impostores uniformados que con insignias alardean falso honor. Otros que sin tanto adorno dan lecciones diarias de moral.

El río de gente fluye en los túneles subterráneos de Caracas donde la discordia se siente vivita y coleando.

En el medio de todo el caos está esa cabeza viajera que, en primera clase, tomó vuelo charter a los confines de la literatura. Un viaje tan sigiloso que solo los más ociosos podemos detectarlo. Escogió denegar la solicitud de amistad que la violencia le hace a diario y aceptó refugiarse bajo la silenciosa trinchera de las letras.

-Lo lamento, ya es hora

Le susurra el subconsciente.

Sabe que por más cómodo que se sienta en el viaje no es más que un turista con vacaciones cortas. Sabe muy bien que es tiempo de regresar. El realismo mágico de los libros llega a su fin y volvemos al realismo trágico de la Estación Plaza Venezuela.

Antes de cerrar el libro sonríe con melancolía, suelta un suspiro que sale de sus entrañas. Por un momento se niega a guardarlo. Le da miedo estar a merced de tanta realidad amontonada en tan pequeño vagón. No le queda de otra. Le toca -como a muchos- sobrevivir en un intento de país donde se siente más visitante que residente.

A ratos compositor de palabras

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