Magnitud, dirección y sentido

Fotografías: Senki_karlek y Santii_col
Textos: Ángela Henao

Modelo: Ana Altaria

Magnitud

Me dijo: si te cuento, no le cuentas nadie. Yo le prometí: a nadie. Me tapé la boca con las dos manos y soplé todo el aire que tenía por dentro. Amarré los cordones de mis zapatos y desde entonces no he sido capaz de desamarrarlos. Duermo todos los días con ellos. Me levanto, entro a la ducha y los mojo. Luego, me paro en el sol para que se sequen y sigo de pie todo el día. Siento que cualquier intento de ruido es una revelación que hago al mundo: Los pasos me delatan con su ritmo, La respiración cuenta más cosas de las que se saben y nadie, nadie lo puede saber. Por eso respiro despacio. Algún día, pienso, dejaré de respirar. Las plantas las cubrí una a una con un plástico para que no pudieran comunicarse con la luz. Quizás se estén marchitando, pero ellas lo vieron todo y secreto es secreto.  El, dejó sobre la mesa una maleta llena de ropa. Me dijo: la ropa, nos delata. El olor, termina por decirnos quienes somos realmente. Bajé los cuadros que habían colgados sobre las paredes y colgué toda la ropa de él una por una armando un puente que me cubriera todas las partes de la casa. Así, cuando llegaran por mí sería más complicado encontrarme. A veces abro la llave del agua y la dejo fluir todo el tiempo. Así la voz del agua distrae los otros ruidos, los ruidos ajenos —Prométeme que no le  contarás a nadie— No le contaré a nadie. Aunque me obliguen, no lo haría. Ni a mis sueños, ni a mi corazón, ni al recuerdo que me queda de él.

 

 

 

Modelo: Helena Altaria

 

Dirección

Íbamos para el mismo lugar. Lo supe por la forma en que se movían sus ojos por las calles. Buscamos los lugares con nuestra forma de mirar. Dos enamorados se buscan entre las formas en cómo se miran. Algunos se corresponden, otros, solo se encuentran lugares desocupados. Mirábamos las mismas fachadas en el camino. Sentía que al final reparábamos los mismos detalles. Llegamos a un café. Digo, un café vacío. Luego, se empezó a llenar. Mi madre me dice siempre: tenemos buena espalda. Un piano sonaba do, re, mi. Fa. Se sentó cerca de mí. Sospeché que a lo mejor estaría triste por la forma en como colocaba las manos sobre las piernas. Las manos cuando estamos tristes se ponen pesadas. Sacó de su bolsillo un sobrecito de azúcar y lo puso sobre la mesa. Luego sacó otro y otro y otro. Sacó muchos sobrecitos de azúcar. Yo esculqué mis bolsillos: no tenía nada. Desde entonces lo seguí. A cada parte donde iba. Pedía café, tres sobres de azúcar, dos no —dos, es insuficiente—decía. Sabía que se demoraría en descubrirme porque mi silencio era fuerte. Imaginaba su casa con miles de baúles llenos de sobres de azúcar. Pero su casa nunca la conocí. No sabía de dónde era y mucho menos para dónde iba.

 

 

 

Modelo: Camille Altaria

 

Sentido

Me dijo: no le digas a nadie. Y yo le prometí. Me contó que cuando era pequeño recogía azúcar para echárselo al mar. Había gastado muchos sobres, llevaba la cuenta en un papelito engrasado que cargaba en la billetera. Quizás el mundo cambie si el agua sea más dulce. Le dije: el mundo nunca cambiará. Le expliqué: La vida es una cuestión de fuerzas. Algunas ganan, algunas pierden. Otros estamos ahí en la mitad mientras las fuerzas luchan entre ellas. A veces nos empujan para allá, a veces para acá.  Me dijo: Ellos vendrán algún día. Le pregunté —¿Quiénes? — cómo son, qué hacen, por qué te están buscando. Ellos nos están escuchando. Me contó la historia de una mujer que tenía un perro con el que hablaba todos los días. La mujer se murió y entonces los vecinos no sabían qué hacer con el perro. Al final, decidieron entre todos matarlo y enterrarlo con ella —¿Qué tiene que ver eso con todo esto? —Él se reía. Me dijo: Iré a buscar una mina de azúcar. En el fondo del mar, me aseguró, está todo el azúcar del mundo. Cuentos infantiles, pensaba, yo. Ahora estoy acá de pie, tiritando por mis zapatos mojados. Hoy no hizo sol y no los pude secar. He empezado a confundir el ruido de la lluvia con el ruido de la llave abierta. Ya no sé quién es quién.  Quizás, todo esto sea no más un exceso de luz. Estoy igual de comprometida que las plantas, ambas escuchamos todo. Así que he decidido arrodillarme entre ellas para quedar de la misma altura y cubrirme con uno de esos plásticos. Así no me podrá afectar tanto el exceso de luz. Pienso en el día que aprendamos a vivir realmente.

 

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