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Aquellas navidades

Miradas

Aquellas navidades

Ese veinticuatro de diciembre arrancó temprano. Mi papá y los tíos salieron ansiosos, mis tías y mi mamá por un lado y los hombres por el otro, los abuelos se quedaron como anfitriones de los que iban llegando de Buenos Aires y otras ciudades, era la gran fiesta, muchos habían salido de sus trabajos tarde y salieron en plena noche a devorar los kilómetros que los separaban de sus afectos.

Nosotros, los más chiquitos, seguíamos en la cama porque nos habíamos acostado muy tarde jugando con los primos y vecinos de la cuadra a la pelota hasta la una de la mañana, toda esa semana era distinta, se sentía en cada bocanada de aire caliente de verano que respirábamos, ya no teníamos que ir al colegio, teníamos las mañanas y las tardes para jugar fútbol, mirar los súper campeones y luego a las escondidas, íbamos a la plaza de la otra cuadra que estaba llena de amigos, después para refrescarnos comprábamos juguitos y helados.

El tiempo era abundante para nosotros y el sol se escondía casi a las nueve, los días eran eternos y las cortas noches muy calurosas. Llegó el tío Alberto y la felicidad de los abuelos fue estruendosa, hacía años que todos los hermanos no pasaban las fiestas juntos y así era con cada familiar que llegaba. Desde ayer que estábamos en esas, a cada rato se escuchaba un “mirá quién vino” “uhhh” ”ehhh” algunas reacciones curiosas y otras chistosas, nosotros los veíamos con minucioso cuidado y tratábamos de entender por qué hablaban, lloraban y se reían al mismo tiempo.

Mi abuelo estaba charlando con Don Luis y otros vecinos, cuando observamos que se acercan mi papá con mis tíos y se dirigen al garaje para sacar unos tablones gigantes, lo mismo hicieron Don Luis con otros vecinos, todos ayudábamos a sacar manteles, sillas, entre otras cosas, ¡esta noche buena será enorme como nunca antes! Nos decíamos sin palabras, solo con nuestras miradas asombradas.

A medida que iba cayendo la tarde y la calle tomaba forma, no importaban los 35 grados y el sol sofocante de una navidad en el sur, toda la cuadra como hormiguitas iban armando la mesa, nosotros ayudábamos a colgar las luces, llegaban los cajones de cerveza litros de gaseosas y bebidas que pasaban de una para la heladera, nuestros ojos se iluminaban y la alegría se desparramaba hasta nuestros corazoncitos que latían a mil, corríamos y jugábamos todos en la calle en aquel ocaso del 24. Música, luces, bailes y una mesa infinita por primera y única vez, toda la cuadra del barrio unida, aquella cuadra donde todos nos conocíamos de siempre.

Al fin llegó la medianoche, con pitos, risas y voladores, suena la sirena de los bomberos del pueblo, todos abrazados y felices fuimos corriendo a ver la montaña de regalos que Papá Noel y el Niño Dios trajeron sigilosamente mientras estábamos en plena fiesta. La música y las bebidas corrían, pero todo era tranquilo, solo había felicidad y risas conforme avanzaba la madrugada, así llegaba el momento en que todos salieron a bailar y se formó el clásico trencito.

Ahí estaba ese pillo, mi primo Diego, me miró de repente y me guiñó un ojo, con esa risa picarona a punto de cometer otra maldad clásica, que yo siempre se las aprendía con admiración; él era dos años mayor y para mí era toda una vida, era muy inquieto, rápido para las bromas, se acercó y me dijo: “te juego una carrera de copas” y enseguida se ubicó del otro lado de la mesa que estaba vacía, todos ya se habían levantado, una mesa infinita de 20 metros con copas a medio terminar de sidra, cerveza y vinos espumosos, me hizo con la cabeza otra vez insistente igualmente le hice yo aceptando el reto.

Copa tras copa arrancó la carrera, tomando los poquitos que quedaban, que al final sumaban una cantidad enorme para mis 9 años, llegamos al final de la mesa y poco a poco me invade un mareo súbito, miro a mi derecha, y a Dieguito mi tía le estaba recriminando efusivamente, de repente me invadió un sueño profundo, me fui apagando y la nochebuena más hermosa de mi vida se desvaneció rápidamente.

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