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Arreglábamos el reloj para más tarde. Parecía rara esa afición de pensar en el tiempo, en el final, en el café del amanecer. De todas las sombras de la habitación concurrían los aromas de la caída del sol. Nos habituábamos a ese rito de noctámbulos feroces, de roedores rabiosos, de hienas malheridas. Carla amaba su habitación, casi tanto como a su

  // Fotografía tomada en Arakataka Café Miraba de reojo, pero miraba con el alma. En su cuerpo poca ropa, un frío que le subía de la espalda al párpado y un calor húmedo entre sus piernas. Ella, miraba con deseo satisfecho, Él no podía mirarla, con mucho esfuerzo aún respiraba. No recuerdo ni el día ni la hora en que te vi, pero sí la primera

 Todos somos un trozo de la Venus de Masoch, no por el masoquismo, sino por el deseo tibio que se desliza callado por todo nuestro cuerpo; pero este silencio no se limita para crear estragos, por el contrario él nos hace su presa, y nos vuelve partícipes de sus catástrofes. Con esto debemos aprender a vivir, pues el deseo no se frena hasta