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Sabiondo

No hay muchas cosas sabias, no hay muchos sabios, pero ese sabio afirmó:

“…y por la vida, nada, y la nada no necesita nada o lo necesita todo.”

Cuando lo dijo, cayó y calló. Nadie lo recordó, pero no olvidaron la caída del cayado hombre que pasaba año, tras año, tras año mirándola a ella.

Ella, la mujer, al sabio ignoró. El silencioso caído, guardó tanto silencio que eso fue lo que lo mató.
Al inicio del cuento, ninguno nació en el misma ciudad, en el mismo país, ni en el mismo planeta… no compartieron ni tiempo, ni espacio; no compartieron nada porque sus cuerpos no existieron para el otro, no fueron del otro, ni se sintieron otro; pero él siempre, en medio de su sabiduría, supo que la amaba a pasar de su ignorancia.

No tengo ni idea que datos poner, quizás sí: ¡Jueputa!

alejandrocamposduque@gmail.com

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