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Recorriendo Sodoma a lomo de Yegua

 
Tenían cabellos como cabellos de mujer, y sus dientes eran como de león; tenían corazas como corazas de hierro, y el ruido de sus alas como el estrépito de carros de muchos caballos que corren al combate; tienen colas parecidas a las de los escorpiones, con aguijones, y en sus cola el poder (…)” Apocalipsis, 9. 8-10 Apocalipsis, 9. 8-10

A lo lejos escucho el eco del rápido trastabillar de los cascos de un caballo que se hacen cada vez más fuertes, tras de sí deja un estela de polvo; cae sobre mí y lo respiro con rápidas bocanadas. Ahora que el sonido deja de ser eco, pasa a ser imagen y observo una suerte de centauro milenario que en lugar de cascos tiene tacones; en lugar de crin, una larga peluca de un negro casi tan profundo como aquél que destilan sus ojos; sus párpados, caídos levemente, lucen coloreados de verde olvido. En su lomo lleva una bandera, una insignia representativa, todo Chile resumida en un trozo de tela: una estrella opaca sobre el fondo azul oscuro que le consume, el blanco brillante que trata de contrastar con ese rojo vivo que parece sangre recién destilada de un cuerpo tibio. Esta aparición que me llega desde los anaqueles de una anquilosada biblioteca, me resulta refrescante e intrigante en medio de tanta ninfa sosa y tanto minotauro de cuernos cercenados.

El Centauro que me mira directo a los ojos lleva por nombre Pedro Segundo Mardonez Lemebel o mejor, Pedro Lemebel para que vayamos comprendiendo a quién me refiero. Sobre él se podrán decir muchas cosas: que era un marica incansable, un Mamerto incorruptible, una loca barroca de andares callados, un poeta ecléctico; se podrá glorificar como el cronista chileno, como un polemista de primeras planas o, quizás, como el maestro de ceremonia de cuanto certamen, concurso, manifestación política, marcha del orgullo gay o plantón artístico que, desde La Habana hasta la Patagonia, se hiciera.

Pero él, además de ser una Yegua y una diva de pueblo, era un Humano con H mayúscula: disfrutaba de todas la tribulaciones que trae ser uno, cantaba con su voz roca la felicidad de vivir; lloraba sin recato cuando la injusticia le jodía su existencia o la de algún amigo muerto bajo la mano de “la plaga” como le llamaba al Sida; reía sin parar entre el humo de su eterno cigarro de cada una de sus desgracias o bendiciones, según se le mire: nació en “un piojal de la pobreza chilena” o por lo menos así describe Pedro al Zajón de la Aguda, un largo cauce natural que recorre el oriente de Santiago de Chile; estudió Artes Plásticas en la Universidad de Chile en un tiempo donde las represiones pinochetistas y el estigma social lo convertían en un muerto de hambre, en un gay explícito; ganó su primer premio de cuento en 1983 con un texto que llevaba por nombre “Porque el tiempo está cerca”, el cual susurra al oído del lector los periplos de un joven homosexual arrojado a la prostitución en los arrabales más sórdidos de Santiago; ingresó a las filas de la izquierda subterránea saturada de feministas, acto que lo llevaría, en 1986, a leer su famoso manifiesto “Hablo por mi diferencia” mientras lucía zapatos de tacón y el reflector resaltaba la hoz y el martillo pintados sobre su rostro.

No hay mejor manera de viajar por Somoda que a lomo de una Yegua, de un cuadrópedo sabio que conoce cada reducto, cada calle colonial colmada de antros oscuros donde furtivos amantes deslizan sus dedos entre sus braguetas, en una constante exploración del otro. Cabalgar lentamente por todos estos pasadizos que Lemebel se encargó de exponer en “Loco afán: Crónicas del Sidario”. Es un placer poder sentir el aire enrarecido por el humo denso de la marihuana y la música electro que retumba en los alto parlantes. Él tomó la bandera de su causa para recorrer las avenidas de Chile mostrándole a quien quería, ver lo que bajo sus pies pasaba, lo que querían ignorar por miedo o por estupidez. Pedro disfrazó la denuncia de muchas maneras, pero la que más caló en la sociedad chilena fue su furibundo rebuzno de “Yegua del Apocalipsis” una cofradía artística de dos – él y Francisco Casas, poeta- que creó el 1988 cuyo objetivo era escandalizar a una cultura pacata con performances y happenings en los cuales el maquillaje, las lentejuelas y el arte nunca sobraba.

Pero, como a todo humano, la vida se le agota. Pedro Lemebel murió a los 62 años; el cáncer de laringe lo llevó a purgar sus penas a borde del río Estigia o el Zajón de la Aguada, no lo sé.

En este momento que la Yegua me da la espalda puedo ver su cola: tiras de hojas de libros y páginas de periódicos rayados con sus palabras, y en medio de toda esta batahola de letras, un acetato de boleros.

Él se fue. Ya sólo nos resta decir: Adiós Mariquita linda, tus Perlas y cicatrices, nos quedan de recordatorio que al mundo vinimos al vivir, sentir, amar y a ser.

Si me preguntan dónde estoy, siempre respondo lo mismo: perdido entre las afluentes de palabras de tinta y almas papel. Si me cuestionan acerca de quién soy, nunca sé; pero sí sé quién no soy: alguien que sabe quién es. Palabras más, palabras menos soy quien menos espero y espera. ¿Bibliófilo? ¿mamerto? ¿monocromo que se cree caleidoscopio? ¿borgiano por gusto y barroco por omisión? ¿gricoquimbayista? ¿melómano de tres canciones? ¿anacrónico cliché? ¿premoderno del posmodernismo? Juzgue usted.

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