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No ser materialistas, resulta peor

 

Mucho se ha hablado y discutido sobre ser o no materialistas, –desde el punto de vista del interés y el consumo-. Y desde esta perspectiva, se cumple efectivamente el dicho: “todo en extremo es perjudicial”.

Se ha renegado mucho que deba existir el consumo salvaje, desde los recursos naturales hasta las relaciones humanas; se ha intentado en lo posible reflexionar y poner en práctica una actitud de cambio. Pero, como todo cambio, este no es fácil.

Una vez se adopta el proceso, se desea que los sistemas económico, político y social giren hacia la humanidad y no al revés; pero se cae en uno de los errores que termina siendo, tal vez, más perjudicial. Mucho se reniega del consumismo salvaje, luego de estar llenos de moralismos para negar las perversiones propias y del mundo; en gran magnitud se imaginan mundos utópicos de paz y justicia global; pero este comienzo, pareciera empezar como muchos otros: por donde no era…Afortunadamente, lo valioso es caer en la cuenta para pensar, vivir de otra manera, y dar ejemplo.

Sucedió hace unas semanas. Perdí el celular al haberlo dejado dentro de una mochila en un lugar no cercano a mi vista; además, me pasé de confiado con la gente que estaba allí cerca. Al hablar con una amiga sobre lo sucedido, llegamos al punto central, como cuando uno mira el acto de magia de un mago: se concentra en las maromas pero no en lo que sucede alrededor, y es allí cuando aparece “el milagro” (la trampa): resulta contradictorio, y hasta igual o más perjudicial, ser anti-materialista o “desinteresado” que ser materialista. El motivo: si una persona reniega de todo lo material, muchas veces llega a un momento donde aquellos objetos que ha llegado a tener, ya no tienen valor, y ésto hace que nos seamos abandonados o desinteresados por estas cosas materiales. En mi caso, el ejemplo de la pérdida, fue a partir de una “confianza” con la gente que estaba cerca de la mochila con el celular y otros objetos, porque simplemente me parecía que mi atención no debía estar en esas cosas “superficiales”.

Pero he aquí la trampa (el acto de “magia”): si no valoramos lo material en cierta medida; si no le otorgamos algo de valor, de pronto no como objeto material sino como sentimental o simbólico; probablemente lo perderemos rápidamente. Y pensarán: “bueno, ¿y eso qué?”. Si uno revisa con cuidado la situación, se verá en diversos momentos de la vida reponiendo aquello que perdió, de manera infinita. Lo que a largo plazo, representa un consumo no necesario, es decir: consumismo salvaje. Así que es una contradicción por nuestro anti-materialismo radical.

Pero he ahí nuestra responsabilidad: reconocer al mundo tal y como es, y cambiarlo desde cada rol particular. En este caso, la tarea más importante para no sumarle a la histeria colectiva del consumismo nuestro grano de arena, sería otorgándole algo de valor a aquellos objetos, para no perderlos y reemplazarlos continuamente. En últimas, más allá de lo que la afanosa publicidad nos quiere vender como necesidad, ésto no sería posible si no le facilitáramos el camino.

 

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