Los Peligros de Escribir en Clase

Ilustración por Sara Herranz


Hace mucho tiempo mi profe de Español me dijo que escribiera un texto sobre lo que quisiera, sobre Lucía, yo le sonreí y le dije: ¡De una! Luego bajé la cabeza a la hoja y como si tuviese uno de esos aparatos donde uno pilla películas, se me atravesó la historia en ese papel, las imágenes chispoteaban en esa hoja blanca.

¿Hermano usted está bien? Me dijo el profe. Sí todo bien, pero yo ya tenía el recuerdo bien incrustado entre ese lápiz y la punta de los dedos. Como es la vida, tanto que nos quisimos y yo acá, con la mitad del odio y el amor por ella bien fresquitos. Recién salidos del horno.

Quién iba a suponer que de una vaina tan hermosa resultaría haciendo esto, casi una confesión, de que me acusa señor profesor, tome por desgraciado. Cierto huevon, lo fui unas cuantas veces, era como el ají de la empanada en nuestro amor, siempre se necesita ese arde poquitoTe quiero a ratos. Es más, yo no iba a contar esta historia, pero me cogieron blandito, me cogieron como pandebono fresco, como masa de pan de 2.000 recién hechecita, muy blando mi viejo, y cualquier mínimo frío podría matarme. A mí que cualquier cosa me mataba, a mí que cualquier cosa que no era difícil me mataba, difícil algunas caídas en el andén medio prendo, difícil una carrera para soportar el estereotipo social, difícil amar una mujer que normalmente te haría de lado sin mayor contemplación que disfrutarte, debe costar intentar levantarse sin sus cabellos en los hombros y sus senos reposando sobre uno, tiene que ser muy difícil tener que hacer café solo para vos y nadie más. ¿Ya vas a acabar tu texto, Pavel? Me repitió el profe. Ya estoy cerrándolo, respondí.

Llegué a creer que podría sacar algo bueno de escribir en clase, exorcizarme, olvidarla, quién sabe, y escribía y escribía como si la estuviese besando, como si fuera el lápiz mi lengua y esas comas y pausas donde el silencio podía ser pezón o cintura, donde borrarla sería lamerla y barrer con el pudor en el asiento de escuela, dejar el pecado en esta historia, redimirme. Y si alguien me preguntase de nuevo, diría que todo fue bonito, pero no rico. Porque lo bonito suele olvidarse, pero lo rico queda con un triste reflejo de estremecimiento, un polvo mental que no tienes como quitarte de encima

Terminé, le dije al profe, y entregué mi trabajo. Ese día me gané un 5.0 y aprendí que algunas veces las mejores notas cuestan un gran recuerdo, digo, un gran esfuerzo, por eso son las mejores. Aprendí que existe una forma hermosa de recuperar los años, leyendo. Y si existe algún peligro al escribir, es encontrarnos…

Bogotá -Colombia (1987) Estudiante de Licenciatura en Literatura y Docente. Director de la Fundación El Último Verso. Actualmente labora como Coordinador y participa como bloguer y columnista en diversas revistas.

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