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La Medida Justa de la Yerba

 Segundo día de trabajo, mi jefe me mira serio, preocupado y me dice «Mira Luciana, así se prepara el mate, ¿ves? Esta es la medida justa de la yerba…»

En un instante mi ego grita enloquecido y lleno de rabia, quiere salir, quiere defenderse.

Con una sonrisa tranquila y un «Bueno, la próxima me va a salir mejor» logro callarlo, pero no puede respirar, las palabras que no dijo lo ahogan y se cae tambaleando en el piso de baldosas claras de la oficina.

Aprovecho que agoniza, va perdiendo la conciencia y me desvisto de mi misma, me despojo, no ser yo me libera.

Dejo descansar el disfraz a mi lado y salgo así, como realmente Dios me trajo al mundo a pasear desnuda de todo pensamiento, etiqueta, prejuicio, deseo, sueño, miedo, emoción…

Recorro el mundo siendo lo que soy, sin hacer nada, sólo observando. Lo que veo me sorprende, me alegra y me angustia, pero lo miro a lo lejos, distante, no hay lugar donde guardar conceptos cuando se trata del alma.

Y descubro así que lo que hago no es lo que soy y lo que creo que soy es sólo temporal, que la vida es solo un instante más de tantos otros y que la muerte solo es muerte cuando hablamos del disfraz.

Soy el mundo entero en un momento, olvido por que es necesario y cada tanto recuerdo porque es más fácil olvidar de esa manera.

Y el paseo me va limpiando la conciencia de la culpa impresa, porque cuando somos sin ser humanos nos entendemos desde otra perspectiva.

Se va poniendo el sol cuando decido volver, mi disfraz me espera, el ego se mueve, respira, va tomando conciencia en ese piso de oficina, porque para matarlo del todo necesito más que un mate y una frase desafortunada.

Vuelvo al escenario, mientras cruzo el telón me voy poniendo el disfraz y olvidando lo que hice en el paseo. 

Mi ego me saluda contento desde el piso de baldosas claras, mientras una voz me grita: «Luciana, ¿Me preparas el mate?»

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