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La estética de lo cotidiano

Acerca de una película inmunda
¿Sacarás tú al Leviatán con el anzuelo, o con la cuerda que le eches en su lengua?Job 41-01

La cámara se detiene en las escenas más clichés: atardeceres coloridos dibujándose bellamente sobre el mar de Barents; la música imponente de Philip Glass suena de fondo a la par que un trío de gaviotas surcan el cielo realizando las típicas maniobras de filme romanticón donde las parejas se besan en el ocaso. El máximo clímax de todas las tomas de puertos, rocas, vertientes marinas y azules policromáticos es la repentina y sonora aparición de una lancha que por espacios de tres minutos se desliza rápida sobre la superficie marina que perece más el espejo del cielo.

Así inicia Leviatán, una película rusa dirigida por Andrei Zvyagintsev que tarda más de ocho minutos en presentar al personaje principal, que se demora en detalles para completar la trama; un filme que pone por personaje principal la cotidianidad, que me permitió observar la estética de lo vivencial, de lo inmundo. 1

Arthur C. Danto dice en el prólogo de un texto de su autoría, “el abuso de la belleza”, que en un instante de su carrera se topó con una creación artística del amado por muchos e incomprendido por tantos otros, Andy Warhol, en la cual se ponía a disposición una serie de cajas las cuales aludían al empaque de un detergente bastante popular para la época, “Brillo”, él narra cómo estos simples elementos le sirvieron de inspiración para buscar una explicación filosófica y de paso estética, de la razón por la cual aquello que él observaba era arte, pero las cajas reales, las cotidianas, no lo eran. Pues esa disertación, aunada a la observación de Leviatán, me llevaron a mí a cuestionarme sobre lo que pretendo desarrollar en este texto: ¿Acaso el arte siempre debe ser transcendental? ¿Está condenado a ponerse a sí mismo ante el mundo como un módulo de manifestación casi metafísica?

La obra de arte, para Ortega y Gasset es presencia, “absoluta presencia”, con esto hacía referencia al hecho que la obra guardaba en sí misma una creación autónoma, un elemento propio que le hacía tan único que la mera exploración por parte de un individuo ajeno al creador o a ella misma, establecía una suerte de dolorosa incomprensión; la obra de arte, en últimas, sólo hablaba consigo, sobre sí misma y los demás quedaban fuera de esa charla. Proponía la narcisista imagen de la obra de arte como un espejo que no refleja más que a sí mismo.

Desde mi experiencia como insipiente contemplador, me encuentro con la sorpresa que ello no resulta práctico para los eventos que ahora vivimos, ya que la “realidad” a la cual acometemos actualmente vive bajo los influjos de la “representación”, es decir, en la creación facsimilar sin más eventos grandilocuentes que su propia existencia.

Por supuesto, la idea de un arte único, marcado por una unicidad colmada de Aura, para apelar las anunciaciones de Walter Benjamin, resulta agradable, una maravilla; más es necesario enterarnos que para efectos pragmáticos, lo mejor es abordar las obras como un centro de reflexión donde se vierten las percepciones personales de cada sujeto. No es sano, para ningún arte, exponerse en un estandarte superior donde sólo puedan llegar los iluminados, los ungidos con la virtud de contemplar la “metáfora”. Por esta razón la cotidianidad se debe respetar como espacio importante para el desarrollo de las creaciones artísticas.

Si bien la contemplación de una manifestación artística es un acto sublime, no por su forma sino por su fondo, también se debe encontrar la desfachatez desarraigada de cualquier impedimento teórico como algo importante ¿por qué tenemos que delegarle al arte la ominosa labor de ser un lugar para los artistas o el “esteta” que encuentra lo “estético” hasta en lo más mínimo, el mismo mamerto que busca explicación al más nimio de los detalles? ¿qué hay entonces del desprevenido lector de imágenes que se topa de repente con una obra en cualquier canal de televisión o lienzo en algún desván de biblioteca? ¿no tienen ellos la posibilidad de contemplar también, de sentir y vibrar aunque sea desde su ignorancia? Bien lo establece Antonio Caballero en “Paisaje con figuras” al referirse a un exposición de obras de Paul Klee en España: 

“O mejor todavía es ir cuando van a la fuerza, los galeotes de las exposiciones, los niñatos de bachillerato (…)Y comentan con voz estentórea: <<¡Jo! Esto a mí me pone enfermo, tío, lo puedo hacer yo si quiero, pero lleva la firmita y ¡Jo!>>”

Una obra de arte debe ser así, una constante ambivalencia abierta a toda posibilidad, lectura y exposición. Debería tener la suficiente resiliencia como para afrontar cualquier afrenta contra su integridad, la valentía para gritarle al mundo que no es más que ella misma y la fuerza para mantenerse íntegra ante el desbarate verbal al que es sometida por el pueblo, el curador, el crítico, el filósofo y cuanto personaje se acerque a ella para tratar de dilucidar o no lo que ella procura decirnos.

Porque las obras hablan, gritan, susurran, silban, cantan, recitan o forman querellas; son tímidas o grandes oradoras; tienen voces de tenores, sopranos, barítonos o sufren de dislalia; hablan del greco, del pop, impresionismo y cubismo; vociferan en lenguas romances o en guturales germánicas. Ellas, en fin, están dotadas con el magnífico poder de comunicar sin miramientos. ¿O acaso una obra de arte se detiene a fijarse en las capacidades cognoscitivas de quien le ausculta? No, ella se entrega u oculta ante cualquier espectador; ella no espera más que un vistazo… aunque algunos la exhorten a envolverse entre bruma anquilosada del servicio dócil ante el erudito.

Para responder a la pregunta que me planteé al inicio del texto, me valgo de lo ya dicho: el arte no debe estar condenado a existir para ser sublime sin interrupción, como alguna vez lo propuso Baudelaire; no, ella está para el goce estético o anti estético de quien le observe, no se limita, pues para ser necesita de alguien que le sienta ya sea para acercársele por medio de una experiencia supraterrenal o divina, o para aquél que únicamente la observa con desinterés y desparpajo. La obra de arte no puede seguir oculta en las grutas del paleolítico, ni en los palacios coloniales de los grandes reyes, mucho menos en las bóvedas acorazadas de los palacios (a pesar que estén allí por ser un símbolo de poder, más que un goce estético), ellas deben salir a la calle, untarse (no juntarse) del pueblo no en el sentido comunista sino en el legítimo deber ser captado por todos para no sumirse en la oscuridad de la fenomenología husserliana que propone Ortega y Gasset, sino que brille bajo la luz enhiesta de las miradas absortas de los observadores ocasionales.

La estética de lo cotidiano es necesaria pues expone lo inmundo, es decir, aquello que no hace caso omiso a las ideas grecolatinas de belleza, que se sale de cánones, que se revela ante los estereotipos decimonónicos que algún día un anciano perfeccionista instauró en el imaginario social.

Lo anterior ocurre cuando se acerca a Leviatán: se nos es permitido ver directamente a la intimidad de una familia que se destruye porque una mano exterior, la de un político corrupto, quiere adueñarse de su casa sobre la orilla del mar de Barents; podemos husmear en la cotidianidad de la Rusia de la periferia donde los dramas humanos no vienen de dentro de los castillos zaristas de la Plaza Roja sino de casuchas construidas con el sudor y lágrimas de cansados jornaleros que cada día llevan un trozo de madera para arropar a su familia. Tenemos la posibilidad de ver al Leviatán, al lobo-hombre de Hobbes adueñarse de escena para entre líneas mostrarnos que en últimas todo lo humano no puede alejarse de su naturaleza.

Ocurre lo mismo con el arte que al ser una creación del hombre –una de las más bellas, valga la aclaración- debe vivir con la condición de ser tan salvaje, bella, compleja, elemental, gigante, mínima, reconocida o recóndita, como él mismo. No puede quedarse en ese soplo divino donde sólo era vista por las estrellas, y los pobres hombres nos sumíamos en la desazón de observar su gloriosa complejidad entre las nubes que le difuminaban. Tanto enaltecimiento clerical, tanto ocultismo condujo a que el medio evo volcase al arte en un método más para enceguecer, cuando debía ser la luz del mundo, una luz para todos.

El arte no puede ser un Leviatán bíblico ni una quimera baudeleriana; sino que debe ser el reflejo del hombre al mirarse ante el espejo manchado de sangre de la historia. Debe ejercer su legítimo “deber ser” por y para el hombre, sin fijarse en sus avatares, tribulaciones o caracteres. ¡Debe ser la más deliciosa de las paradojas!

1 Para ampliar este concepto se debe recurrir a la etimología: en el griego clásico se establece desde su cosmovisión que el ser poseía unos valores intrínsecos, entre ellos la belleza, los cuales era ordinales e importantes para la construcción de una visión de mundo. Ello llevó a todo aquello que cumpliese con la labor de ser “bello” era nombrado con la misma raíz “kosmein” que ahora se traduce en “cosmos” y “cosmética”. Los romanos adoptaron esta visión, pero haciendo uso de la raíz “mundi” (mundo). Por tanto, lo inmundo es toda expresión que está fuera de la belleza intrínseca del ser.

Si me preguntan dónde estoy, siempre respondo lo mismo: perdido entre las afluentes de palabras de tinta y almas papel. Si me cuestionan acerca de quién soy, nunca sé; pero sí sé quién no soy: alguien que sabe quién es. Palabras más, palabras menos soy quien menos espero y espera. ¿Bibliófilo? ¿mamerto? ¿monocromo que se cree caleidoscopio? ¿borgiano por gusto y barroco por omisión? ¿gricoquimbayista? ¿melómano de tres canciones? ¿anacrónico cliché? ¿premoderno del posmodernismo? Juzgue usted.

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