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La esperanza del cambio

¿También es tu primera vez? Preguntan con nervios seres extraños y desconocidos de la ciudad, eran ellos quienes paulatinamente se acercaban a la Plaza Bolívar Manizales, lugar de salida rumbo a una experiencia mágica, extraña, y excitante.

No muchos habían vivido o sentido algo así, pero sin duda, a muchos, les cambiaría la vida. Esa noche, se tomaría la bebida alucinógena, o mejor, medicina curativa que los miembros de comunidades indígenas, los originarios, toman como parte de su tradición. El Yagé, o también conocida como la Ayahuasca.

26 de septiembre de 2015, 8:17 pm.
Llegamos al lugar. Un kilómetro después de pasar el puente de San Peregrino, un retoño de selva nos recibe con un aroma de hierba fresca y una melodía que entonaba con emoción diciendo:

No te puedo ver pero te puedo sentir, tomando un poquito de yagé, para que se cure mi alma y esta noche te pueda yo ver. Andaré sobre lunas y estrellas, soluciones yo encontraré (…) yo te alabaré tomando un poquito de yagé.

Todo estaba oscuro, pero por medio de un rayo de luz amarillosa y a medias, se apreciaban infinidad de cultivos de marihuana, cebolla larga, yuca, maíz y resto de productos orgánicos; a la derecha una montaña de juguetes viejos, abandonados y sucios, al fondo una fogata próxima a ser prendida, detrás, una choza en guadua que poseía un cuadro de una madre indígena dando calor a su hijo, encima, una sierra de gran tamaño cae sobre nuestras cabezas, cabezas que próximamente se montarán a la “nave”, como lo dijo el Taita.

Mientras esperamos el llamado al diálogo con el Taita KAMËNTSÁ, salvador, tuvimos la oportunidad de reflexionar sobre el ritual, entre los integrantes que nos recostábamos sobre sillas sin patas, añejas, sucias, sillas que tal vez, nunca utilizan.

Qué nos dicen los taitas, que en vez de comprar un Dolex cuando le duele la muela, mastique coca. Eso es un calmante. Qué puede hacer cuando le duela la cabeza, coma una gomita de amapola.

Afirma el hombre de unos veinticinco años, uno setenta y cinco de estatura, flaco y barbado. El yagé es un vínculo con la naturaleza y como la naturaleza es un espíritu grande de donde se nace, ella misma es la que guía. Otras personas hacen este ritual con hongos, peyote y ambil.

Afirman que es de esa manera que el ser se va alimentando con lo que la naturaleza quiere decir; el Yagé o la Ayahuasca precisamente permite ver a la naturaleza como el ser supremo, aquel que a veces está dentro del alma de cada uno, pero como no se conoce no se tiene en cuenta. Los árboles quieren expresar que son más que un adorno y una sombra, la naturaleza necesita que se vuelva al pasado, con el vínculo espiritual que para entonces sobraba, pero que hoy se añora.

Hubo tiempo para explicar por qué se debe tomar en medio de la selva, estando aquí, se viene al inconsciente de cada uno, es usted mismo quien se habla, quien se ve y se encuentra, pues de hacerlo en la ciudad el yagé se convierte simplemente en una droga más.

9:20 pm.
Una mujer bajita, morena, con el cabello recogido en forma de trenza, chanclas, vestido y saco, finalmente dio la orden de subir. El piso de guadua rechinaba y las escaleras eran angostas, allí el techo se complementa con plumas y en el centro un atrapa sueños grande y rosado. El Taita, pasados veinticinco minutos salió a darnos la bienvenida diciendo:

Yo los quiero felicitar por estar acá, por tomar la valiente decisión de querer cambiar sus vidas con este humilde ser, a partir de hoy empieza un nuevo mundo y una nueva vida.

Uno por uno fuimos pasando a hablar con él antes de la ceremonia, unos le expresan sus dudas, otros sus miedos, otros, sencillamente expresan lo que quieren ver. Esta medicina tiene la capacidad de trasladar la mente del ser humano a la niñez, a la solución de aquellos traumas que no se han podido superar, a sus más grandes dificultades, a la cima del cielo y final de la tierra, a otro mundo, a otra vida y esfera.

No tengan temor, ustedes, vinieron a liberarse, yo sé que la medicina los va a marear, pero no es una rasca de esas que toma el trago y al día siguiente no sabe nada, es una rasca sana, donde hay que estar atentos a lo que van a ver.
Dijo el Taita en medio tantas preguntas.

10:45 pm.
Los quince cuerpos, próximos a ser elevados por la fuerza superior de la bebida, ordenadamente fuimos sentados alrededor del fuego que nos ilumina los rostros, ahora éste nos abraza con su llama y humo, todos en silencio, sentimos un revolcón en el estómago, que finalmente se disipó con la llegada del Taita al recinto. Nuestros cuerpos sobre la tierra, sobre unas mantas con figuras y de lana, con los que nos cubríamos del frío de la noche y la luz de la luna.

“¡Pah! ¡Pah! ¡Pah!” Tararea KAMËNTSÁ sobre nosotros, su vestimenta es diferente, tiene un Quëfsaiyá blanco, que es como una especie de ruana y una Chaquermëshá (collar). El abanico de ramas que sostiene sus arrugadas manos, espira un olor a menta amañador y éste se produce, nada más y nada menos que por la saliva que escupe él sin control. En medio de sus rezos, de sus plumas, y de su indumentaria, cada uno fue rozado con un aire purificador caliente, y aquél aire indicaba que había llegado el momento, el siguiente paso era la primera ingestión de la bebida, ¡Del Yagé!

11:00 pm.
“Salud y buena pinta” dijo la mujer de cachetes y camisa roja, pelo largo y alta. Ella era la primera que lo bebía, dicho esto, volvió a su lugar, la tierra, sus brazos rodearon su cabeza, cabellera y ojos, sus piernas se deslizaron sobre una de las piedras que rodeaban la fogata. Este procedimiento, posteriormente, fue desarrollado por los quince asistentes a la ceremonia, uno por uno, uno tras otro, nave tras nave, vuelo tras vuelo, Yagé tras Yagé.

El Yagé, tiene apariencia a una mezcla de cemento, es espeso, amargo y grisáceo, después de su ingestión llega el momento de reflexión. Unos se recuestan sobre sus rodillas, otros se acuestan mirando al cielo, otros al fuego, otros a las plantas que cubren el círculo donde estamos ubicados, todos subíamos las escaleras a la nave que finalmente, arrancó veinte minutos después.

Como por arte de magia, el vómito se apoderó de la mitad de los integrantes, la diarrea de otra parte, pero la risa y felicidad, de los que sobramos. La reacción del taita es calmada, recostado sobre una silla con forma de trono, observaba y con sus ojos cerrados se impregnaba en la mente de cada uno de los que estábamos allí, en pleno viaje, el viaje al encuentro consigo mismo, con sus miedos y mayores alegrías. Todo era tal como lo había dicho KAMËNTSÁ al inicio: “No se va a perder, siempre voy a estar dentro de ti guiándote, mijita por allá no es, es por acá. Ustedes van a entender de la fuerza del poder que hay en este humilde ser.”

Así fue. En pleno desdoblamiento del cuerpo, el taita está dentro de todos, apreciando las maravillas o las desgracias que observa cada ser, cada cuerpo y cada mente.

Muchos cayeron en sueños profundos, de esos que nunca antes habían experimentado, pero al tiempo, otros sentían la peor tragedia de sus vidas. Una de las mujeres empezó a gritar sin cesar, con gritos de dolor y de llanto, estaba mal, definitivamente muy mal, por un momento quedó sin respiración y cayó tendida al suelo. Nadie comprendía la gravedad de la situación o sencillamente son ese tipo de cosas que se viven en un ritual, cosas normales, por las que todos pasan, pero que yo no entendía, no comprendía y sin miedo a negarlo, me asustaba.

4:30 am.
Volví a ser yo. Pasé por tantas situaciones de mi vida, por tantas fotografías que remueven las fibras más recónditas de mi ser, tal vez de mi corazón, mi alma está liviana y el Taita nuevamente tiene la razón:

Va a sentir una paz muy bonita y es el diálogo con uno mismo, uno se desconoce y se perdona, el viaje es un diálogo permanente con nosotros.

La llama de la fogata está a medias, ya pequeña. Cuatro integrantes están sentados a su alrededor con instrumentos como guitarras, flautas y demás, con sus ojos llorosos y rojizos, cantan con emoción: “Siento la presencia de mi Dios en mi voz, siento el calor, el amor de mi Dios, siento el abuelo sanador, curó sanó, sanó curó. Siento la presencia del taita que curó, como el remedio que un día me brindó, siento al abuelo sanador, curó sanó, sanó curó.”

Poco a poco el cielo se fue despejando, la luna grande e iluminada que nos acompañó durante la noche, fugazmente había desaparecido; el universo era hermoso y las nubes se repartían como se reparten los pedazos de pan en la humanidad.

5:00 am.
Después de unos buenos cantos y bailes entre todos, nos sentamos a descansar. El taita preguntaba sobre las visiones, a los que ya habían aterrizado, claro, era un ambiente de paz y tranquilidad, era sereno, el aire estaba muy fresco y el taita muy sonriente, curiosamente estaba orgulloso de mí, porque lo había logrado, porque había dicho sí, a un miedo que según él es el que me retiene de las mejores cosas.

Para poder sanar, te tienes que sanar a ti, esto es un largo camino por recorrer y de aprendizaje, cuando comienzas a sanar, transmites desde el abrazo, desde el sentir y desde la palabra que vas a transmitir con lo que estás estudiando.
Entró en mí una esperanza de cambio, ahora no sé si fueron las palabras o el Yagé, pero lo que si sé es que sentí la necesidad de cambiarme como persona, de amarme y comprenderme para poder cumplir el gran sueño de transmitirlo a la comunidad por medio de la ayuda.

6:42 am
La coneja consentida, aparte de correr por el sector emocionada, picotea de cada cultivo, parece que también hubiera tomado la bebida que transmite su padre, el Taita KAMËNTSÁ, o está emocionada por la presencia de nuevas personas al lugar, muy blanca ella y pinchada. Los grillos ya se marcharon a dormir, pero los pájaros despiertan, las aves vuelan y los peces bailan en su ambiente de mar como los que seguimos alrededor de la fogata sin fuego.

8:15 am
El taita convocó a la ceremonia de finalización. Sentados en el mismo orden del círculo de la noche anterior, empiezan nuevamente los cantos y rezos, el humo de las bebidas y el aire del sector. Diversos aceites de sanación se riegan sobre nuestros cuerpos. Todo había concluido a pesar de que unos todavía no habían llegado, el barbado que me contaba sobre el Yagé, ahora me dice que no ve nada, que la cabeza le pesa y las piernas se le debilitaban.

Era el momento del abrazo. Unos con otros muy sonrientes, con personas desconocidas, nos dábamos los abrazos más profundos y sinceros que se puedan sentir. Pero en medio del emocionante momento la joven de la trenza cayó desplomada. Fue un silencio rotundo en el lugar. Sus ojos blancos y torcidos miraban hacia un infinito que ya no existía, hacia un no sé qué que la alejaba de la realidad. ¡Qué sigan los abrazos! Y efectivamente, siguieron. Ella, cuando despertó, como si nada, repartió efusivamente sus abrazos, todos reían, volaban, volvían a aterrizar, querían, comprendían, amaban y abrazaban.

Es que es imposible no tener tantas enseñanzas en una sola noche, porque como lo decía el más grande aprendiz del lugar, el que tuvo que estudiar en medio de una selva por años para comprender al cuerpo, ese me enseñaba con cada letra que conformaba palabras, algo así como: “El hecho de que seas una ser completa y te puedas levantar, siéntete afortunada, si algo no ha funcionado es porque algo está mal dentro de ti, hay que sanar para poder trascender y dejar una huella.” La huella de la que yo le había hablado, de la que yo quiero dejar.

Ya eran las 10:30 de la mañana, quería partir porque me sentía agotada, quería descansar, el ambiente estaba cada vez más pesado pues habían más vómitos, más gritos, más desalientos y cuerpos tirados alrededor.

Me marché con un sin sabor sobre mis dientes, con un nuevo olor que se había impregnado sobre mi ser; con amor dentro de mi corazón, nostalgia sobre mis ojos, y mucha fuerza en mi interior. Se había cumplido, una vez más lo que el taita había dicho. Todos nos sentíamos diferentes, con una carga menos sobre el cuerpo y una sonrisa amplia sobre nuestros labios.

Porque usted es una pequeña parte de la naturaleza y no tiene ningún derecho a dejarla”. Escuché por última vez antes de dejar el lugar, el lugar donde se experimentan nuevas sensaciones y experiencias, amargas y dulces, tristes y felices, pero nunca dejando de ser una experiencia más.

10:45 am 
Se despiden sacudiendo la mano nuestros nuevos amigos, dándonos un adiós y un vuelva pronto, un vuelva que acá lo estamos esperando con Yagé. Pero yo me pregunto, ¿y usted? ¿se atrevería a atravesar por esta experiencia? ¿a afrontarse a usted mismo?

10:52 am
Se cerraron las puertas azules del lugar, al fondo sólo se veía un bosque, pero dentro una esperanza del cambio.

Comentarios

  • TAITA, SALVADOR JUAJIBIOY,,

    octubre 30, 2015

    Lindo viaje a la inmensidad, descubrir la respuesta,, en el gran universo interno,,, es una verdadera magia,, se libre,, si,, LIBRE.. y aprende a volar como las águilas…

  • Ivan

    noviembre 1, 2015

    Gran experiencia a tu realidad esa realidad a la que todos deberíamos enfrentar para descubrirnos internamente y dejar de ser superficiales por temor, temor q alimenta el miedo que no nos deja vivir en paz. Felicitaciones Jessica por ser capas de confrontarte y conocer tus miedos sin temor.

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