El director de vuelo

 

Fotografía por: Felipe Giraldo

El arribo del piloto
Lo acabo de ver pasar. Bajo mi mirada para observar la hora en mi reloj. Son las 8: 33 de la mañana; acabo de notarlo, ya llevo una hora esperándolo. Cuando levanto de nuevo mi cabeza él ya ha avanzado varios metros; es momento de seguirlo.

En el aire queda impregnado una aroma a loción barata, alguna imitación de Carolina Herrera, quizás. La noche anterior ya había hablado con él, pero él no sabe quién soy, cómo luzco; así que decido verlo de lejos, conocer su modus operandi, sin intromisión de la pantomima que creamos cuando conocemos a alguien. Se preguntarán de quién hablo; eso mismo me pregunto yo. La única información que tengo es su nombre: Carlos, su apellido lo desconozco y carece de relevancia; lo único que me importa es él: un hombre delgado, que cubre su piel centrina, demasiado apretada a sus huesos, con ropas amplias y coloridas; sus tenis están limpios, de un blanco inmaculado, su pantalón es de color azul muy brillante y su camiseta es naranja, pero, de ella, sólo alcanzo a ver su cuello, porque usa una suéter amarillo con el rostro de Homero Simpson dibujado sobre él; su suéter tiene bolsillos amplios, propicios para su labor. Mas en su espalda carga algo más útil aun: su maletín, lo lleva a cuestas como si cargase su casa. Está bien, allí no lleva su hogar, pero sí lleva su oficina: marihuana, éxtasis, heroína, cocaína y otra variedad de alucinógenos para levantar vuelo, pues él es piloto del avión de todos los pasajeros que puntualmente abordan su vuelo en el “Aeropuerto”, zona aledaña al Edificio de Ciencias de la Salud de la Universidad Tecnológica de Pereira.

Años de trabajo
Después de acercarme a Carlos, de contarme “las pericias de un vida de jíbaro moderno”, como él mismo lo llama; puedo sentarme plácidamente a taquigrafiar sus experiencias que se condensan en una grabación.

Él lleva diez años dedicándose a esta labor, es un distribuidor minoritario de droga. Su hermano mayor le enseñó este trabajo: “Cuando yo era sólo un púber, mi hermano me llevó a la Circunvalar –zona rosa de Pereira- y allí me mostró, con el ejemplo, cómo me debía comportar, las mañas, la prestidigitación, la astucia felina mezclada con malicia indígena” me relató, entre sonrisas, Carlos.

Más adelante, me contó la razón por la cual trasladó su trabajo a la Universidad “Ay, señor, este lugar es muy bonito; la gente es educada y me queda tiempo para leer a mi Dostoievski, a mi esquivo Borges y a mi alma torturada, Rimbaud. Sé que tengo pinta de ordinario, de troglodita, pero en realidad es sólo la fachada; para llamar la atención”

Ahora Carlos tiene 23 años. Dice que no tiene necesidad de trabajar más en esto tan riesgoso, pues su mamá murió hace un año y ya no hay quién lo ate más; pero él tiene otra razón, que esgrimió rápidamente cuando le pregunté por qué seguía en el tráfico “Monsieur, yo quiero estudiar filosofía, pero no aquí; esta universidad está en paro cada dos días. No, yo quiero irme bien lejos, a Bogotá, a estudiar en un lugar donde los paros sean culturales y no este discurso de mamertos. Me voy a estudiar a la pontificia Javeriana; pero para eso debo esperar otro año, pues el semestre es muy caro. Ése es mi sueño. Como diría Shakespeare ‘Estamos hechos de la misma madera de nuestros sueños’, por tanto, yo estoy hecho de roble”

Pasajeros, por favor ir al puente de abordaje: enciendas las turbinas
Mientras estuve con Carlos, se acercaron más de siete personas; cada uno con una excusa, tácita o relatada, para adquirir los productos de Carlos.

El remedio de San Gregorio
Sus manos temblaban, sus labios no alcanzaban a gesticular palabra alguna. Carlos ya sabía lo que quería. Aun así, él logro decir “Necesito marihuana; mi mamá está enferma y le dijeron que eso es bueno para los dolores”. Carlos sacó una bolsita de su gran maleta, y la puso dentro del bolsillo de su camisa. Acto seguido, él le entregó el dinero hecho una bola muy apretada. No esperó su devuelta pues caminó apresurado en dirección contraria a la que vino.

Let it snow
Vibró el celular de Carlos. Él lo extrajo del bolsillo, lo inspeccionó un poco y me lo pasó. Allí leí “Parce, nos
salió parche para esta noche. Tráigame 10 muñecas pero bien tableadas. Lo espero en el Galpón”. Así que nos pusimos en pie, nos dirigimos hacia el “Galpón”, que es una cafetería de la Universidad. Cuando llegamos al lugar, me topé con un joven realmente atractivo, no quise preguntar su nombre; sólo sé que él recibió las 10 bolsitas con cocaína, le entregó un sobre a Carlos, le estrechó su mano para después desparecer.

Extra, extra; la muchacha quiere sentir
En medio del humo de marihuana y de cigarrillo, vi a una pareja que acercaba tomados de la mano. Él hombre tenía una capucha que no me permitía ver bien su rostro; ella llevaba un minifalda negra, una camisa leñadora roja y unas botas. Él no dijo nada, Carlos sólo le pasó una dosis de heroína; en sus ojos podía ver el desenfreno que generaba la sola observación del polvo. Antes de partir, la mujer le dijo “Amor, estoy antojada. Me dieron ganas de follar hoy mientras me fumo un porrito. Gástemelo ¿sí?”. De nuevo hubo silencio, me miró a los ojos, y recibió el cacho. Después le pagó con billetes impregnados a un aroma muy fuerte alcohol etílico.

Houston, tenemos un veterano
“Vení, Carlos. ¿Vos me podes conseguir un cuarto de libra de Marihuana? Fíjate que hoy voy a hacer dizque unos brownies espaciales con unos amigos y nos hace falta la hierba”, le dijo un señor mayor a Carlos. “Sí, claro ¿se la llevo a donde siempre, profe?” preguntó éste. “Sí, en la portería ya lo conocen; no vaya a timbrar que es una sorpresa”, respondió el señor. “Está bien, profe. Allá nos vemos a la hora acostumbrada”. El profesor cerró su blazer y se retiró, no sin antes sonreírle a Carlos.

¡Recojan sus maletas, señores!
Carlos debe partir, y yo debo regresar, así que nos despedimos. Sólo un apretón de manos como si de esta forma selláramos un pacto de confidencialidad. “Puedes contar lo que quieras, pero cámbiame el nombre por uno más lindo” me dijo en la noche anterior por medio de una llamada. De esta forma abandono el “Aeropuerto”, mientras tras de mí escucho aún turbinas encendidas, veo el humo de sus vuelos… desde lejos, puedo ver a toda esa gente tocando las nubes para olvidar este infierno; para olvidarse a ellos mismos.

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