Art School Confidential: El Arte y ese Arte

Art School Confidential: El Arte y ese “Arte”

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Soy adepto a la expresión del trazo y el pigmento para transmitir lo que alberga los recovecos del alma y conseguir sensaciones, o plasmar pensamientos en una configurada visión de la inmensurable paradoja de nuestra existencia. Aunque también admiro el aspecto pragmático y directo –bien efectuado claro está- de tomar otros materiales o intervenir el espacio, incluso apelar al majestuoso cuerpo en una apropiada demostración artística, que pueda sustentarse per se y evoque en sinceras fibras, además de hablar sobre realidades que la inercia colectiva nos impide mirar. Una experiencia.

Sin embargo preocupa que ahora existan pocas búsquedas estéticas en pro de una congruente confrontación hacia lo escabroso en las fisuras del ser, como también una verosímil elevación del espíritu en pleno potencial; en cambio tenemos lacónicas abstracciones mal encaminadas, o simplificaciones pasmosas en el performance de concepto vacuo. Donde disponer objetos tal cual mediante diatribas o retórica tirada de los cabellos solo tiene validez dentro de la galería. Tendrías suerte si al menos es algo coherente con lo expuesto.

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Esto es lo que explora Art School Confidential, fructífera e inspirada colaboración entre el siempre interesante realizador Terry Zwigoff y el ingenioso historietista underground Daniel Clowes. Ambos nos recuerdan que una obra no debe ser explicada por folleticos, sino impactar en el individuo y replantear nuestras perspectivas.

Seguimos a Jerome Platz (Max Minghella), quien desea con vehemencia ser un gran artista, quizás del siglo. Es aceptado en el instituto artístico Strathmore de Nueva York, y durante su estadía conoce a la modelo Audrey (Sophia Myles), un sueño, su musa, su amor. Desesperado hace lo posible por impresionarla, pero la tiene difícil en un medio impulsado por la hipocresía y el favoritismo; sin olvidar el suceso del momento, un asesino serial aterrorizando el campus, cuya impresión en él iría más allá de lo imaginable.

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Más relevante que nunca, hace un paralelo con aquellas instituciones carentes de concretas propuestas plásticas de justo valor existencial y en su lugar edulcoran con pretenciosos extractos, frases de autoayuda e indagación ideológica sacada de las redes sociales. Fachada para los casuales como densidad trascendental.

Al final son beneficios para la mediocre curaduría, fascinando a los derrochadores víctimas y victimarios del insano proceder publicitario que distorsiona las manifestaciones humanas. Lucrando con los escombros de una impuesta frivolidad pop y olvidando fomentar la verdadera cultura popular. ¿Dónde carajos queda la pedagogía subversiva de legítima transgresión? He ahí la cuestión.

Recuerdo a manera de síntesis la hilarante escena con Jerome en la casa del Profesor Sandiford –un genial John Malkovich– quien le explica su proceso creativo. De antología ese instante.

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Zwigoff nos presenta en Jerome al outsider alienado por su sensibilidad. Luchando por balancear su mundo interior frente al resquemor a su alrededor, mientras intenta progresar lidiando con la inherente presión o tormento psicológico. Insiste en sentirse marginado, en constante autoengaño al asimilar lo que el entorno social ve en él, y aunque anhela revertir las cosas aspirando a crear su espacio en el firmamento, el rencor, la represión y aversión impiden que descifre su identidad, o siquiera aborde las barreras de su endeble ego.

Al “enamorarse” de Audrey, proyecta lo deseado sin comprenderlo, es inefable. Se encierra aun más e ignora la urgente cavilación hasta cierto punto, pues ya no puede evadir el meollo y encontrara –parcialmente- su propia pincelada. Por ello pasa por un periodo de obsesión producto de esa idealizada percepción, ahondando en las oscuras zonas del miedo a sí mismo; todo reflejado en interacciones cercanas de logrado realismo emocional. En otras palabras Jerome está a la deriva, en analogía pertinente con el estado actual de la concepción artística.

Durante el metraje el deterioro del protagonista está bien encaminado, es gradual y coherente de acuerdo con la aguda sátira dispuesta. Incluso Audrey tiene un significativo desarrollo a pesar del poco tiempo en pantalla. Agradezco que no fuera otra Pixie Girl, e hiciera más que solo estimular la narrativa.

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Igual que en sus anteriores cintas, disfruto mucho la habitual disección de Terry con respeto y dignidad a sus abatidos seres. Jerome comparte similares incertidumbres y soledad con Enid en Ghost World, basada en otra novela gráfica de Clowes, o Willie de Bad Santa, una de mis películas navideñas favoritas. Todos peculiares y atrapados, destacando en excelsos momentos de delicioso humor negro. Los trata mal con cariño para matizarlos, parecido a los Hermanos Coen con los suyos. Son entrañables y complejos, pero nos hablan con naturalidad en su travesía vital, consecuente a sus decisiones o motivaciones.

En la sencillez de su comedia, el engañoso desfile adrede de arquetipos alternativos (bohemios, veganos, etc.) y el minimalismo de su ejecución, Zwigoff lanza sarcasmo refinado y franco –reminiscente a Pecker de John Waters– al cuestionar las torpes pretensiones o “preceptos” de la ética actual del arte. Libre de juicios o apologías filma esa decadencia del lenguaje plástico. Es mejor a veces dar testimonio sin filtros ni mayor manipulación, apropiado al tema.

Ya depende de su interpretación, y ustedes notan lo que yo recibí de la película, es subjetivo. No obstante siempre es necesaria la cimentación del criterio crítico y evitar usar esa subjetividad como escudo pseudo-intelectual al justificar discursos arbitrarios de exiguo contexto. No está de más recordarlo, sobretodo en una época donde la opinión es confundida con sandez.

Cumple lo esencial al entretener y generar reflexiones, en este caso sobre “libertad” y la libertad de ser o decir, además de saber que contar. Toda una campaña honesta en un prolijo y fluido producto independiente que navega por una enmarañada dialéctica del arte, y en un tono de singular nihilismo didáctico, diría yo. Ahora nada persiste en el tiempo, solo consumo por desgracia.

Después de todo, parafraseando a Jimmy (Jim Broadbent), otro personaje del filme en su retorcido delirio y pesimismo: “No se puede vivir si no vemos como una gran broma la miseria humana”. 

Me considero un cinefilo, un enamorado al investigar y analizar el quehacer cinematográfico. Escribo reseñas, o criticas tanto en mi blog Bazar Fílmico (http://ospider8.blogspot.com.co/), como en otras publicaciones.

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