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Ariadna en el Laberinto

Recordar el rostro demacrado de mi madre siempre ha sido una tortura para mi endeble alma carente de la fuerza que ella propugnaba cada día. El recuerdo de su piel arriba a mí porque necesito que tú comprendas por qué llegué allí, esa lejana tarde del 2015; debes conocer a esa mujer, no la lejana sino a la reconstruida. Yo soy su narradora, su creadora, pero a la vez su sierva.

Libia, mi madre, nació el 19 de marzo de 1922, aquel día nana Carla, mi abuela, decidió no encender el fuego de la chimenea pues presentía que su hija ya venía en camino. “Madre siempre ha sido una bruja para los bebés” decía mamá cada vez que por su mente cruzaba la imagen de nana Carla. Mi madre creció en un pequeño poblado kurdo, en Siria. Debido a la separación del imperio Otomano durante la Segunda Guerra Mundial, en el mismo año de su nacimiento, empezaron una serie de disputas y reyertas que desembocarían en una guerra interna, la cual obligó a mi abuelo, Isaías, a emprender la huida hacia el occidente de España para proteger a su hija y su esposa. Decidieron correr hacia este lugar, porque en estas tierras sus ancestros habían adquirido algunos terrenos colmados de azahares y palmas durante su estadía como comerciantes de telas.

Llegaron allí el 12 de abril de 1931. Mamá ya contaba con 9 años y sus profundos ojos negros ya observaban con fascinación los grandes árboles que durante la primavera impregnaban el ambiente con un aroma cítrico. Isaías y Carla tuvieron cuatro hijos más: Salomé, Efraín, Sara y uno que murió a la tierna edad de 3 años debido a una patología cardiaca, no recuerdo su nombre, pero resulta irrelevante, en todo caso.

Corría el año de 1938 cuando Isaías decidió viajar a Austria en búsqueda de un perfume muy especial para Carla, pues era su aniversario número 20 y quería que fuese algo para rememorar. Mi abuelo había amasado una pequeña fortuna con la venta telas importadas desde la India, así que se podía permitir algunos lujos. Quiso llevar como compañía a su hija mayor, es decir, mi madre. Vaya sorpresa se llevaron cuando, al descender en la estación de central del tren y caminar algunas calles hacia la zona comercial, un tono marcial de tambores rompió el silencio. Esta marcha lleva consigo una bandera roja como la sangre que se hondeaba en el cielo como un meteorito. En el pequeño poblado español en el cual ellos vivían, no había llegado el rumor antisemita que se oía como una batahola de muerte en todo el norte del continente.

Libia e Isaías caminaban entre la enardecida multitud. Los gritos eufóricos y aplausos aturdían los sentidos de mi abuelo y mi madre no comprendía nada, su corta edad le impedía ver más allá de las bellas hojas de los naranjos y el cántico paradisíaco de las aves. No sabían alemán, no entendían lo que allí tenía lugar. Libia corrió. Isaías calló. Un brazo fuerte y tozudo envolvió como una soga el delicado cuello de Libia y con un golpe seco la lanzó contra una pared.

Al despertar de su estado letárgico, se encontró atada de manos y pies en medio de una profunda humedad de algún cuarto. No era más que una niña cuando aquel maldito introdujo su asqueroso pene dentro de ella. La violó, la golpeó, le abrió la venas de las muñecas para abandonarla así, muerta, sobre la baldosa mojada con sus orines. Mi madre moría en un sucio rincón de la pútrida Austria nazi.

Te preguntarás cómo huyó. Pues, en realidad, no lo hizo. La explicación a este acto puede verse de la manera sencilla: su cuerpo fue a parar en un barco que transportaba telas hacia Francia, vaya paradoja de Alá. Así pues, Libia al abrir sus mallugados párpados, se halló a sí misma en un contenedor, aún desnuda, con un algunos hilos colgado de sus muñecas, el resto de sus heridas supurando y casi asfixiada por los chifones y entretelas doradas que colmaban el contendor.

“Me salvé porque Alá me tenía para una vida más grande; me salvé para ti, hija mía” eso me dijo la mañana del 20 de julio del 2013, el año de su muerte. Es mismo día me confesó toda esa verdad que se ahogaba en su interior, le dio una explicación a sus cicatrices, una que reclamaba hace mucho. Alá se encarnó en el cuerpo de Fréderic Gustave Deautremond, un mercader francés quien se apiadó de la mujer que halló manchando de sangre sus telas. La compasión fue su motor, así que la llevó hasta su natal Lyon. Allí le curó las heridas del cuerpo y le lamió las del alma.

Lo anterior me da pie para explicar, de manera concreta, qué me llevó hasta ese grupo de hermanos, de seguidores fervientes de la palabra de Mahoma: el linaje Dautremond, la familia de mi padre, financió la avanzada nazi en Viena. Me enteré porque Fréderic me lo confesó antes de caer preso en la inmensidad del Alzheimer. En aquella época yo tenía sólo 8 años, entonces no comprendía muy bien porqué debía ser ello algo importante, sabía por oídas de mi compañeros de liceo que sus abuelos también lo habían hecho; no entendía por qué eso lo hacía llorar.

Yo crecí entre castillos y casas sucias; entre telas de encaje y tejidos machados de grasa; esta variabilidad de escenarios se dio porque Libia, a pesar de la valiosa ayuda de Fréderic, jamás logró adecuarse a coexistir a su lado; pero, aun así, este hombre me adoptó en secreto como su hija, a pesar de no serlo, por lo menos no biológicamente. Según creo, fui su manera de lavar los pecados de su familia. El apellido Deautremond jamás lo expuse, siempre me presentaba con el de mi madre, Algecira. La cercanía con mi madre, me llevó a crear un ferviente, pero soterrada, ira contra los alemanes y un apaciguado amor por las tierras secas que sostenían las raíces de mi familia materna la cual nunca conocí.

Amor y deseo de venganza contra lo que ellos, los profanos, representan, me arrastraron hasta los centros de oración de los hermanos Kouachi, después de su exitosa escalada contra el periódico de insanos, Charlie Hebdo. Me sentía tentada por la idea de regresar al “Estado Original”, a las adoraciones fieles a Alá. Así que yo, a mis 77 años, me uní a las tropas del llamado por los infieles, “Estado Islámico”; para mí significó aceptar el sino de mi vida, mi destino original.

Esta nota la escribo para ti, lector anónimo, para que comprendas la razón por la cual decidí, aquel 28 de Julio de 2015, inmolarme en esa frontera siria; allí, en esos antiguos territorios húmedos por las lágrimas de mi madre y millones de hermanos más. Decidimos hacer este acto de fe en este lugar, pues, según datos de inteligencia, se reunían esos sucios comunistas turcos manchados de injurias y libros infieles. Entonces tomé mis granadas, las que nos dan de dotación, y emprendí el viaje desde Lyon, donde observaba la vida como una estatua de sal. Mi sangre palpitó todo el trayecto; mis huesos crujían gracias a la fuerza que Alá imprimía en mí. Mi cuerpo era un instrumento de salvación.

Alá me cobija en su manto. Las trompetas suenan en mi honor pues con la sangre de esos 32 cerdos, renové el legado de Libia, Isaías, Carla y mis tíos. Alá me salvó, a pesar que viví por más de tres cuartos de siglo, perdida, sin hilo en un laberinto de ceguera. Yo que era Ariadna, yo que fui Libia y que ahora soy la hija predilecta de Alá.
Ariadna Algecira (1938-2015)

Si me preguntan dónde estoy, siempre respondo lo mismo: perdido entre las afluentes de palabras de tinta y almas papel. Si me cuestionan acerca de quién soy, nunca sé; pero sí sé quién no soy: alguien que sabe quién es. Palabras más, palabras menos soy quien menos espero y espera. ¿Bibliófilo? ¿mamerto? ¿monocromo que se cree caleidoscopio? ¿borgiano por gusto y barroco por omisión? ¿gricoquimbayista? ¿melómano de tres canciones? ¿anacrónico cliché? ¿premoderno del posmodernismo? Juzgue usted.

mateoortizgiraldo96@gmail.com

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