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Tiempo escindido – Colombia
mayo 26, 2017

Tiempo escindido – Colombia

Escrito por: Diego Hernández Arias (Colombia)
Portada: Alicia en el principio – Gabriela Farnell (Argentina)

Aunque un millar de personas lo apalabran a diario y otros cientos lo vierten en metáforas, poco conocemos del Tiempo. El Tiempo se viste con el atuendo que lo enunciemos: se le emparenta con la muerte, la eternidad, la historia con mayúscula y hasta sentido se le ha dado en clave musical. La Modernidad misma nos entregó una clepsidra para que advirtiéramos su fugacidad, pero ¿qué es aquello que llamamos Tiempo? La pregunta, no por menos pretenciosa, resulta inútil y simplificadora, es equiparable a cuestionarse por las identidades del Hombre, la esencia del Universo o los misterios que encierra la Nada. Entre las costumbres e infortunios de Occidente está el nominalizar, sustantivar y ofrecer un significado, a toda cuesta, a aquello que nuestros sentidos perciben; pero el Tiempo, inatrapable a la linealidad impuesta por el sujeto, surge del caos, no admite porqués. No propongo en estas ocurrencias que escribo una definición del Tiempo, sí en todo caso, acercarme a tientas, con manos invisibles, al imaginario que de él tenemos.

Desde los inicios de la cultura, la pregunta por el Tiempo y su transfiguración ha inquietado de forma considerable a los hombres, en tal medida que hoy la literatura nos habla de la noción de tiempo presente en los griegos, una idea en principio matemática que después fue útil para los protagonistas de las revoluciones científicas. Han sido generosos los estudiosos acerca del Tiempo como abismo del hombre, como puente entre generaciones. Kant por ejemplo, sugiere una metafísica del tiempo y el espacio para dar cuenta de una nueva sensibilidad, la forma. La reflexión de Kant no es menos metafórica que la de Borges, cuando en medio de su pragmatismo apunta que “el tiempo es la sustancia de que estoy hecho” (Borges, 1996, v.2, p.149), esto es, pensar al poeta que asume el Ser y el Tiempo como una unidad.

El Tiempo, en sus curvas más pronunciadas, habla de nosotros. Al no obedecer a una lógica, el Tiempo se eleva y permanece suspendido. Para muchos, la apuesta por un Tiempo finito ha caducado. No obstante, para un tercio de la población mundial, el interés por cazar la historicidad del Tiempo pareciera aumentar de forma considerable en los últimos años. El confort metafísico de Occidente nos presenta una imagen desgastada del Tiempo; nos da un concepto, un término, y en el peor de los casos, nos lo entrega escindido. Ahora bien, intentar una reconfiguración de ese Tiempo, vuelto añicos, es una pasión inútil. Podemos hacerlo mediante artificios narrativos, en todo caso, los trozos de Tiempo que nos quedan, forman las trampas del laberinto, al que entramos lento como los astros –pensaría Goethe– sin prisa, pero sin pausa. ¿Qué nos arrastra hacia el fondo del Tiempo?

Alicia en el principio – Gabriela Farnell

El Tiempo no nos sirve para nada, sin embargo, ¿qué somos sin él? El Tiempo nos provoca, en sí mismo es enigmático; todos los caminos conducen a él. Si nos fijamos un poco en el asunto, el hombre es un perseguidor del Tiempo, pues se trata de la materia prima del historiador; la pregunta que convoca a escritores e intelectuales; el arquetipo del cuentista; la razón del teórico físico; la pregunta del filósofo y la voz del poeta.

La filosofía, en sus intentos por sintetizar el saber, ha dejado por fuera al Universo del Tiempo, ese espejismo, esa ilusión efímera que se teje en silencio. Pensar al Tiempo por fuera del hombre es una idea estéril porque el Tiempo es real. Puede que no exista un silogismo que nombre al Tiempo, también es posible que no conservemos una dimensión total de él; pese a toda aseveración, por disparatada que parezca, terminamos por reparar su finitud. Es el habitáculo de nuestra existencia; de él provenimos, hacia él volvemos. Somos una porción de Tiempo que se prolonga en el espacio; es necesario para que seamos, sin él somos vacío.

Al Tiempo es posible escucharlo en silencio, en la intimidad de la noche, aunque solo nos deje percibir una parcela de sí, y ¿qué nos dice? Que vive en un desierto, que está cansado. Que no cabe en nuestros oídos. Que se siente incómodo en una prisión de seis letras. Que es plural, indecible; que su naturaleza es inefable y que no pertenece al reino de los vivos ni de los muertos. Que es breve y cuando está solo, medita. Que está hecho de instantes, de suspiros. Que sus manos conducen a otros tiempos (hijos remotos de la Humanidad y de culturas ancestrales). Que en sus ojos arde la visión de lo Infinito. También nos dice que no tiene pies sino alas; que tiene una memoria prodigiosa y buen olfato. Apenas eso nos dice el tímido Tiempo.

El Tiempo gime en nosotros cada día. Su imagen, está encarnada en nuestros deseos. El Tiempo nos respira, nos desnuda, nos reclama. El Tiempo nos interroga, nos desgarra; no tiene voz pero habla en nosotros. Sabemos quiénes somos merced al Tiempo que nos arrastra como el viento a otros espacios. El Tiempo arde; somos apenas el eco de sus rutilantes llamas. El Tiempo no es palabra siquiera, es un abismo que nos habita. El Tiempo es la huella que deja la lluvia sobre la ventana mientras la primavera avisa que viene. El Tiempo es la risa del bebé en el auto que no avanza a las seis de la tarde; el temperamento del semáforo; el brillo del asfalto; el ruido lumínico de la ciudad.

El Tiempo, ese dios que vino de la mano de la Modernidad arropado en un tierno manto. Hoy: quimera; principio y origen de todo. Objeto de discusión en las academias universitarias y manoseado por las masas cívicas en la vida cotidiana: “No hay tiempo, ¡corre!”, “No tengo tiempo, ¡adiós!”, “No perderé mi tiempo escuchando palabras insensatas”, “¿Crees que cuento con tiempo para leer este escrito?”. El Tiempo por estos días es confundido con el reloj; es víctima de la desesperación y el tedio de una sociedad esquizofrénica y neurótica que ha nacido cansada y que no le alcanza el tiempo para nada.

Solo el Tiempo permite expresiones como: “Érase una vez” o versos del tipo: “Anoche, estando solo y ya medio dormido, / mis sueños de otras épocas se me han aparecido”. La figura del Tiempo seguirá poblando los rincones de la condición humana, incluso, irá más allá, dudará de nosotros, de nuestra naturaleza de seres terrenales; se sustraerá de nosotros y al fin será libre. Antes que nos abandone, convendrá hacerle fisuras, dilatarlas, embriagarnos con él. Tendremos que gritar al Tiempo desde nuestra carne no desde el aliento, porque el Tiempo arde y tal vez no nos escuche. En la boca del Tiempo, un soplo de vida, furor, caos, hundimiento.

El Tiempo nos nombra. Toda vez que hemos pensado en su rostro, éste ya nos ha visto. El Tiempo es la metáfora de nuestra existencia. El Tiempo es otra vida que se hace en silencio.

Eros

Eros

Magíster en Literatura “¡Sépanlo todos! Cada hombre mata lo que ama: unos, con mirada cruel; otros, con palabras amorosas; el cobarde, con un beso, y el valiente, con la espada”. O. Wilde

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