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Leyendo a Hegel en el centro comercial

Leyendo a Hegel en el centro comercial

El yo es el nosotros y el nosotros el yo.

G.W.F. Hegel

Voy camino al centro comercial, le escribo a mi amiga Valentina tratando de convencerla de que abandone sus deberes académicos por un momento y me acompañe a tomar un café, no se siente bien hoy, así que la idea es que se relaje un poco, quiero verla sonreír, pero por esta vez fracaso en el intento, la invitación resulta opacada por su súper-yo, “no puedo” me dice, “debo terminar este informe, expongo mañana”; Valentina se ha comprometido ayudar a un compañero de clase. Ella quiere salvar al mundo antes que a sí misma, ese es uno de sus encantos, por eso la invito en cada oportunidad. ¿Cómo negarme?, “¡invítala!” demanda mi imperativo superyóico que no congenia con el suyo. Entretanto, Diana se ha fijado en mi foto de perfil en whatsapp: sentado en la sala de mi casa, leyendo, acompañado gratamente por mis dos gatos, “es bonita”, me dice en un mensaje, “mis gatos me adoran”, le escribo, “yo también”, replica ella. Hace tiempo que no la veo.

He llevado la Fenomenología del Espíritu conmigo, la estoy leyendo por cuestión académica. Debo decir que no soy hegeliano, soy freudiano. No obstante, cuando leo a un autor, más si es de renombre, lo hago con interés, con seriedad. Tengo una regla de lectura, una suerte de principio: sólo puedes leer realmente a un autor reconociéndote en él. En este sentido soy hegeliano cuando leo a Hegel, al menos de momento, no puede ser de otro modo. Y así con cada pensador que me encuentro. Sólo puedes ser lacaniano leyendo a Lacan, si tu interés es entenderlo, y no leyendo a… Jacques-Alain Miller.

Llego a Juan Valdéz, ordeno un cappuccino grande, espero, lo recibo, me siento, abro el libro y de fondo suena she will be loved de Maroon 5. Un par de sorbos de café y paso por unos cuantos párrafos. Leo y todo el mundo desaparece, me detengo, levanto la mirada y ahí está la multitud alrededor de mí. Bebo y leo mientras la gente va y viene, entonces me detengo otra vez; unas palabras de Hegel vienen a mi mente al levantar nuevamente la mirada hacia la Wirklichkeit: “para la autoconsciencia hay otra autoconsciencia; ésta se presenta fuera de sí. Hay en esto una doble significación; en primer lugar, la autoconsciencia se ha perdido a sí misma, pues se encuentra como otra esencia; en segundo lugar, con ello ha superado a lo otro, pues no ve tampoco a lo otro como esencia, sino que se ve a sí misma en lo otro[1] Entonces pienso, en la dialéctica de Hegel cada momento del espíritu es una superación (aufhebung) en un movimiento continuo: lo en sí es superación del Dasein como representación, como recuerdo; lo para sí es superación del en sí como autoconsciencia; sin embargo, lo superado acompaña a su superación como negatividad. Observo a la multitud, detallo cada una de esas autoconsciencias y me pregunto si en realidad se reconocen en el otro, si se ven en su pareja, en el transeúnte borroso que pasa de largo, en la chica que atiende en Naf Naf, en el señor que compra zapatos en Vélez, en sus hijos que llevan de la mano, en el vigilante, el militar, etc.; ¿me reconozco en ellos? Esa es la pregunta. Pienso que este reconocimiento en el que “[l]a autoconsciencia sólo alcanza su satisfacción en otra autoconsciencia[2] se da de manera negativa, es decir, “yo no soy el otro”; en el “no soy el otro” reconozco al otro para reconocerme como otro distinto a él, negándome a mí mismo; lo reconozco como otro distinto de mí, y en esa distinción me separo como su negativo; sin duda, el reconocimiento que hago de él es también el mío. Me veo en el otro como aquello que no soy, tal es la doble significación de la diferencia que es inherente al reconocimiento de la autoconsciencia.

Un sorbo más de café y veo cruzar la esquina a Gustavo, un amigo también psicólogo. Cruza el corredor frente a unas tiendas de ropa, lo acompaña una joven, probablemente compañera de trabajo. Lleva un maletín y su estilo es de psicólogo social, el cabello largo y la barba desaliñada me permiten la idea de que hace mucho que no visita la ciudad, quizás acaba de llegar para descansar después de unos meses de trabajo ininterrumpido en alguna zona rural. Veo a Gustavo y ahí está el reconocimiento negativo; ahí está él como una autoconsciencia presentando su diferencia ante mí, autoconsciente, de que en definitiva, él no es como yo y yo no soy como él; el reconocimiento viene por esta diferencia tan tajante de su presencia. Pero esta negación de mi ausencia en la afirmación de la diferencia de Gustavo, ha de volver sobre mí para el reconocimiento de mi diferencia en la superación de Gustavo como otro, y que, por su negación vendrá la afirmación de mi esencia. Verse en el otro o lo que en palabras de Hegel es el momento de reconocimiento de la autoconsciencia en el que “este otro es ella misma”[3] no significa entonces verse igual, sino el reconocimiento de la diferencia que es la determinabilidad de su ser otro y del mío, ambos, en y para sí, es decir, en la posibilidad doble de ser pensados (representados, recordados) y pensarse pensados (autoconscientes).

Mi café ya casi se termina. Vuelvo a pensar en Valentina; me pregunto si seguirá en la Universidad o si irá camino a casa. Me pregunto qué hubiese sido de este momento si ella estuviese aquí. Probablemente le hubiese leído a Hegel, no por iniciativa mía sino suya; su curiosidad por lo que leo animaría el encuentro y le daría a mi voz la voluntad que sólo tengo para ella. Hay una chica en la heladería justo frente a mí, esa vivacidad que anima sus movimientos, su larga cabellera y espontaneas maneras probablemente fulminaron mi espíritu haciéndome pensar en Valentina. Sin embargo, entre más la miro la diferencia se hace notable; ahí está dando vuelta a la heladería mientras habla con su amiga que la atiende, se acerca a la esquina del café donde estoy sentado, gira con una naturalidad tal que parece bailar con el viento que acaricia sus delicadas formas. Le devuelve la palabra a su amiga con coquetos gestos en el rostro y manos, y entre tanto, dos viejos sentados en el café pueden respirar de su perfume desprendido de su largo cabello, negro como toda su vestimenta en contraste perfecto con su blanca y tersa piel. La mirada lasciva de los viejos sobre ella se desprende espectral tomándola por la cintura. Ella retrocede un poco inocente hacia la heladería para escuchar mejor a su amiga y la mirada de los viejos la sigue transparentando su negra vestimenta ceñida al cuerpo para hacer presente su desnuda figura. Uno de ellos casi se atreve a decirle algo estúpido, pero es ignorado. Ella vuelve a pasar para perderse entre la multitud con una sonrisa de juventud. Esta escena ante mis ojos termina con mi café. Ya he cerrado el libro y es momento de volver a casa antes de que la lluvia vuelva a caer.

[1] G.W.F. Hegel, Fenomenología del Espíritu, Fondo de Cultura Económica, México, 2015, pág. 113

[2] Ibíd., pág. 112

[3] Ibíd., pág. 114

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Johnny Rengifo

Johnny Rengifo

Nacido en Popayán en el año 83, Filósofo y psicólogo de formación, actualmente cursando una Maestría en Psicología con énfasis en investigación. Escritor ocasional, músico aficionado y clínico apasionado.

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