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La Astilla en el Ojo

Lectores

Portada Por: Valentina Allan
Serie: Ruta 77

I
El lector de ratitos…
Busca placeres literarios efímeros, es un puto amante de las palabras. Quiere siempre devorar libros para jactar sus vacíos ontológicos, sus siniestros dramas viscerales. Cree apaciguar con la lectura de ratitos sus delirios oníricos y la disolución de su ser. Inventa paraísos donde impera la ficción, diseña estrategias de escape a la vida, le hace un guiño a las bibliotecas pero no se atreve a descubrir lo que hay al interior de ellas. Ni Oliverio Girondo ni el mismísimo Baudelaire lo hacen volar. En su deseo inexorable y obstinado por hallar en los libros las palabras con las mejores piernas, con los pechos más proporcionales y el más pronunciado derrière, se acuesta en una hamaca esperando a que lleguen las indicadas, las más fáciles, las que a menudo no cobran: esas que disfrutan mientras uno las aprisiona.

II
El lector indeciso…
Aunque ha establecido una relación matrimonial con lo que él denomina “literatura”, se ve obligado a separarse por tiempos indefinidos de ella. Es un lector difícil, complejo al momento de elegir a la mejor postora. Se fija en las texturas, los colores, los matices, el diagrama que encubre las palabras, el diseño que alberga las tapas. Juzga de manera arbitraria a los libros, cree saber por el material del que están hechos sobre su contenido.

No conoce de editoriales, no distingue volúmenes, es ajeno a las traducciones, es virgen en asuntos de literatura. Es cómplice del hecho que triunfen autores del talante de Coelho, Riso y Cuauhtémoc: esos que te quieren decir qué hacer con tu vida, que pretenden resolver los problemas más grandes que se ha planteado el ser humano a lo largo de la historia con un simple: “Sé feliz, sonríe siempre. Todo marcha perfecto, sonríe, eso, muy bien, ahora date la vuelta… Oh el mundo parece no lucir muy bien. Un cataclismo aquí, el caos allá. Gira de nuevo, sonríe, no necesitas saber qué es posmodernidad, ni yo mismo lo entiendo”.

III
El lector oidor…
Se pasea orgulloso por los cafés literarios, asiste a todo encuentro relacionado con las letras: simposios, conferencias, canelazos poéticos, etc. No es un mal lector, es ante todo un oidor. Se dice que no ha leído pieza alguna de la literatura universal, sin embargo, se dedica a escuchar todo cuanto se recita. Es un cleptómano: se consume en un sin mar de conversaciones y toma nota mental de los discursos que trepan a sus oídos, se columpian por su tímpano y de forma atlética llegan a los nervios que finalmente hacen sinapsis con su cerebro, aquel artefacto que luce ya cansado de transmitir en diferido señales sonoras, palabras de otros. No lee, escucha. No interpreta, repite indiscriminadamente lecturas ajenas.

IV
El lector rosa…
Irrumpe con frecuencia en llanto cuando lee tragedias. Es un defensor acérrimo de la literatura romántica, sufre los avatares del hombre moderno al lado de Werther, Augusto Pérez y Eladio Linacero. Por lo general este espécimen de lector se origina solo en América. Es fiel a sus tradiciones, acostumbra leer literatura latinoamericana, proveniente de las pampas, del sudor de los gauchos. No obstante, conserva un respeto y una admiración al legado europeo y asiático, lee con escepticismo a Proust; valora la inquietud del genio Mo Yan; vincula a sus placeres oculares las ocurrencias de Hrabal y Lorca. Este lector también pinta lienzos con las novelas de Zola, Baroja, Stendhal y Dostoievski.

V
El lector comercial…
El plagio recreativo y el parafraseo indiscriminado de obras y autores hacen de su discurso algo sin precedentes. Defiende tesis y conjeturas de escritores que solo él y su amigo de arena conocen. Divaga, vadiga, digava… leyó a Huidobro y horas después contrató un plan aventurero al Sur y alquiló un avión. Este lector vende libros, da reseñas erróneas de ellos pero consigue comercializarlos. No compra muchas obras, afirma que le es suficiente con su humilde biblioteca de apenas 2700 títulos, en ocasiones piensa que ella será la encargada de sepultarlo.

VI
El lector tamagotchi…
Despierta confundido en las madrugadas y se dispone a contar sus libros. Cree que algún cyborg u oveja eléctrica ha viajado desde alguna colonia intergaláctica a su habitación. Es un lector esquizoide: observa cada treinta minutos que su biblioteca esté completa; toma un libro al azar, lo recuesta sobre sus piernas, lee unos cuantos fragmentos de él y vuelve tranquilo a la cama. En 28 minutos exactamente tendrá que encender de nuevo la luz. Se divierte todo el día con sus libros. Los músculos de las hojas permanecen siempre excitados gracias a él. Es un lector obsesivo: usa desinfectante cada tres días para descontaminar las tapas de sus obras o cuando alguien visita su recámara, teme que las palabras pierdan su valor cada vez que una huella diferente a la de él se advierta sobre sus libros.

VII
El lector artista…
Colorea un cuadro escéptico realista con todo aquello que lee. Es bueno identificando tipos de narradores. Halla preciso la advertencia de un no muy reconocido ensayista colombiano: “Ten cuidado, el adjetivo es la metafísica”.

No es un lector común. Caza sentidos. Se conmueve con el destino de los personajes, habita ficciones espaciales. El lector artista presagia finales y maneja un bajo perfil.

Magíster en Literatura “¡Sépanlo todos! Cada hombre mata lo que ama: unos, con mirada cruel; otros, con palabras amorosas; el cobarde, con un beso, y el valiente, con la espada”. O. Wilde

diegohernandezarias@hotmail.com

Comentarios

  • anibal

    Marzo 10, 2016

    El 8 de marzo se celebra en todo el mundo el Día de la mujer, pero todos los restantes días del año también son para ellas.
    Se lo dedico a las que me amaron. a las que no me quisieron, a las que me despreciaron.
    Porque las que me amaron me ayudaron a seguir, las que no me quisieron me hicieron fuerte, las que me despreciaron me enseñaron a ser hombre.
    A todas ellas GRACIAS.

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