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Fabular la pasión

Fabular la pasión

“Polémico”, quizá este es el adjetivo machado y cliché con el que el que se suele hacer alusión a “El arte de amar”, escrita posiblemente durante el II siglo a.C por el poeta romano Publio Ovidio Nasón. Aquí es, tal vez, donde nace la polémica, pues este texto se publicó justo en el momento en que el emperador Augusto estaba introduciendo su famosa reforma legal dominada por una moral conservadora que le llevaba a la contraría a su propia ascendencia liberal.

Durante aquel entonces le fue denominada de obscena y cientos de sus copias fueron quemadas. A pesar de ello, sus ventas iban en incremento y la nieta de Augusto, Julia, leyó el texto con especial fervor acentuando así su matiz libertino, hecho que llevó a incrementar la ira de su abuelo causándole el destierro; pena de la cual también su madre fue víctima. Lo anterior, aunado al destierro de Ovidio al Mar Negro por posibles relaciones con la nieta de Augusto, llevó a que este texto fuese puesto en el estante de las piezas prohibidas. Situación que transformó a “Ars amandi” en toda una fascinación para su lectores furtivos. Ese contexto da luces acerca de la razón por la cual al texto de Ovidio, hoy día se le considera polémico o hasta escandaloso. Yo no lo creo así.

Un manual como cualquier otro:

Manuel Antonio Carreño publicó en 1854 un texto que trascendió a la historia porque caló en el imaginario cultural de varias generaciones de venezolanos y colombianos; se trata del “Manual de urbanidad y buenas maneras”, más conocido, tal vez, como el “Manual de Urbanidad de Carreño” o simplemente “Manual de Carreño”. En él, como su ilustrativo nombre lo designa, hay un compendio de las normas de etiqueta que “cualquier persona de bien” debía seguir; normas tan pintorescas como la postura que se debe adoptar cuando se llega a una casa que no es la propia o la forma en la que un mujer debe barrer, están retratadas allí.

Al otro lado del mundo, en Japón, una tradición ancestral fue condensada en un texto sin autor preciso pero importante para todos. Se trata del “Cha no yu”, o la ceremonia del té o téismo. En este texto propuesto como un manual, se establecen las maneras correctas de beber té, desde la selección de las hojas y el hervor del agua, hasta cómo se debe servir además del ritual que supone toda esta acción. Este sistema contiene un importante valor para la cultura japonesa, ya que designa una manera de proceder respecto a un elemento sacramental como es el té.

En este texto, al igual que el de Carreño, se condensan dos cosas: un forma de proceder respecto a una o varias situaciones enmarcadas dentro de los usos sociales y el actuar de un sociedad en un momento definido. Quizá el matiz ceremonial del té y el dogmatismo del urbanismo se contrapongan, sin embargo, ambas se pueden analizar como el retrato de una época con su cultura impresa e inseparable. Esto mismo ocurre con el texto de Ovidio, considero baladí que este texto deba seguir causando escozor en la sociedad y que se le deba seguir denominando como polémico, pues en él se ven reflejadas las dinámicas ancestrales de la tradición romana. Así pues, pienso que este texto es un manual como cualquier otro.

La cosmovisión del placer:

Ovidio realiza en “El arte de amar” un importante trabajo sociológico e historiográfico, ya que retrata en sus páginas la forma en la cual se construye, de una manera socialmente aceptada o no, un camino para explorar y ver las relaciones interpersonales entre un hombre y una mujer. Entre sus líneas se logran colar dos ideas fundamentales de la cosmovisión romana apoyada, fuertemente, en la griega: el temor a la contingencia y la vida de sus dioses, además de los populares cuentos que se narraban como relatos y fábulas ciertos hechos relevantes de la historia romana. Creo que en esos dos puntos es donde resulta valiosa la lectura de Ovidio, pues si se le revisa en su sentido estricto como manual, se está apelando a un anacronismo que podría llevar a líos legales por misoginia, desigualdad de género y abuso o acoso sexual.

En el primer tema, el temor a la contingencia, lo observo cuando Ovidio hace especial hincapié en las labores que se deben llevar a acabo al momento de lograr el “amor” o acercarse al bien amado. Independientemente de los pasos (de su contenido), lo realmente importante es que existan, pues en ellos reside ese hecho de tratar de combatir la impredictibilidad del devenir, gracias a un manual.

Lo anterior está relacionado con el deseo grecorromano de tener algo seguro, algo certero de lo cual aferrarse, en este caso: el amor. El amor pues, se transforma en la plataforma de cual aferrarse dentro del caudaloso río de Heráclito, de allí que Ovidio se vea en la necesidad de transformarse en el “Tisis y Automedonte del amor”: para darle una forma a la nada que supone amar e incluso llegar a proponer un compendio de acciones que según él, llevarán al éxito amoroso y, por supuesto, del placer inherente en él.

Por otra parte, la labor del texto como compilador de historias romanas y griegas en torno al amor y el placer, tanto divino como terreno: se exalta a Venus y sus llanto por Adonis, a la venganza de Medea por Jasón, el deseo incestuoso de Bilis por su hermano y el de Mirra por su padre; la pasión zoofílica de Pasífae por el toro, así como la mención de Aurora, Agamenón, Creusa y tantos otros. Esta acción lleva a que el texto de Ovidio sea rico en narraciones que ejemplifican sus propuestas y al tiempo narran las costumbres míticas grecorromanas.

En esos dos puntos, creo yo, reside el verdadero valor de la obra de Ovidio. No está ni en sus propuestas anquilosadas y cómicas o incluso absurdas, ni en lo polémico de sus procedimientos sexuales, estéticos o actitudinales. “El arte de amar”, se vuelve pues, el arte de fabular la pasión y de combatir la contingencia. Un arte tan necesario para la Roma del siglo II a.C como para el occidente deserotizado del siglo XXI d.C.

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Mateo Ortiz Giraldo

Mateo Ortiz Giraldo

Si me preguntan dónde estoy, siempre respondo lo mismo: perdido entre las afluentes de palabras de tinta y almas papel. Si me cuestionan acerca de quién soy, nunca sé; pero sí sé quién no soy: alguien que sabe quién es. Palabras más, palabras menos soy quien menos espero y espera. ¿Bibliófilo? ¿mamerto? ¿monocromo que se cree caleidoscopio? ¿borgiano por gusto y barroco por omisión? ¿gricoquimbayista? ¿melómano de tres canciones? ¿anacrónico cliché? ¿premoderno del posmodernismo? Juzgue usted.

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