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octubre 30, 2016

El banquete I

Dioniso se acerca lúcido, presuroso, inquieto y volátil; su presencia se distingue por una suerte de inequívocos aromas, algunos procedentes del monte Citerón y otros provenientes del lejano Edén. Entre los doscientos metros cuadrados del lugar, la temperatura comienza a ascender vertiginosa. Los invitados comienzan a arribar. Flores insurrectas de piel comienzan a abrirse y dejan entrever unos falos que terminan encontrándose entre las ramas secas que brotan asfixiadas del ocre suelo.

El deseo se extiende y el tiempo se ralentiza. Vergas níveas comienzan a reír entre ellas y un olor apoteósico inunda el aire del lugar. La primera escena inicia antes de lo esperado. El telón sube y desciende al instante, detrás de él se advierte la orgía perfecta. Un espectáculo de luces anima por minutos a los comensales. Un fastuoso erotismo se desborda lacrimoso y epicúreo; al fondo, se escucha el cantar del cisne de Apolo. Los asistentes experimentan un trance entre el delirio y el éxtasis: entre la Avenida 9 de Julio y Les Champs Élysées; en cualquiera de los casos, les plus belles escenaires do monde. El Arco del Triunfo adquiere la forma de un delicado derrière y, El Obelisco, la de un sublime falo, cuya única cúspide es apenas el atractivo y encanto de los cientos de hombres que comienzan a besarlo y a pasear sus serpenteadas lenguas sobre él. Como Paris con Afrodita, como el maestro dublinés con su fleur de Lys, así se siente el obelisco, así.

Decenas de arcos y obeliscos se disponen a cubrir mi rostro; olores infalibles convergen en uno solo: poio, oiop, opoi, iopo… OPIO. Grito, lloro: sudor omnipresente. Mi ropa interior revienta. Llegan los emisarios de Girondo; se sientan a mi lado… me miran, los deseo; me acuesto y me olfatean. Me tantean, me estremecen, me penetran. Me repelen, me perforan, me enervan. Tiempo suspendido, clímax prolongado. Me inflaman, me derriten, me calcinan, me sueldan. Me palpan, me muerden, me mastican, me chupan.

La sed aumenta, el oxígeno se desdibuja. Me adormecen, me codician, me desgarran. Me asesinan, me rehúyen, me evaden, me despiertan. Percibo un blanco espeso, un ardiente blanco, un millón de átomos blancos que se bifurcan a través de una delgada, erecta y fina grieta que tengo en frente. Veo a través de ellas manos entre vergas, vergas entre bocas, alucinantes sensaciones se despiertan de forma involuntaria. La vida y el sexo me están desgastando, ¿debería acaso importarme? Mis ojos viajan a la ficción, mi falo agoniza y conquista la utopía.

Los ojos de Emma, la infeliz señora Bobary, me miran absortos desde un camafeo. Pienso en Apollinaire, Sade y Verlaine, imagino qué podrían estar haciendo aquí y ahora ese trío en un catre de madera, supongo que platicarían sobre temas poéticos o quizás se pondrían a dilucidar sobre la construcción de metáforas perfectas para desordenar el sinsentido de la razón, al estilo de Rimbaud. Ahora que hablo de malditos placeres y oscuros poetas, qué rico fuera tener a Baudelaire o al mismo Wilde entre las piernas, ¡sería increíble! Los agotaría: primero, los besaría hasta extraerles el spleen de sus entrañas y luego, si alcanzara el tiempo, tendería un altar frente a esas manos tan prodigiosas con las que escribieron.

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El Banquete II

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Eros

Eros

Magíster en Literatura “¡Sépanlo todos! Cada hombre mata lo que ama: unos, con mirada cruel; otros, con palabras amorosas; el cobarde, con un beso, y el valiente, con la espada”. O. Wilde

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