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noviembre 14, 2017

Diciembre

Manuel vivía con sus dos tías en una finca muy retirada de la ciudad. Era un niño de seis años, su padre murió de un repentino ataque al corazón dejándolo solo con su madre, que dos años después falleció de tuberculosis. Dos tías se hicieron cargo de Manuel. La actitud severa y a veces despreocupada de las dos señoras, hacía del niño alguien solitario y poco sociable.

Antes de morir, su madre le regaló un muñeco de trapo por su cumpleaños número cinco. El muñeco vestía un overol azul y zapatitos cosidos de color negro y sin pelo. Lo único que identificaba los ojos eran dos botones negros, pero no tenía boca. Manuel le puso por nombre Diciembre porque era su mes favorito.

Mañanas frías y niebla densa eran motivos suficientes para que Manuel permaneciera en casa. Una de sus costumbres era jugar un poco con la tierra antes de ir a dormir. Todos los niños salían con sus ojos al campo y murmuraban cosas de Manuel; él se daba cuenta pero no le importaba, le bastaba con tener a Diciembre. Algunas vecinas de la finca llegaban a visitar a las tías de Manuel y él escuchaba todo, decían que su madre era una bruja y que le gustaba leer cosas de magia y que por ese motivo enfermó.

Un día, las tías de Manuel invitaron a las vecinas a tomar café mientras cuchicheaban fumando cigarrillos. Ese día llegaron tres vecinas y trajeron a sus hijos para que jugaran un rato y le hicieran compañía a Manuel, pero obviamente, estos niños con casi la misma edad de él, les disgustaba la idea, porque pensaban que el niño era raro, pero no tuvieron otra opción así que tuvieron que ir e invitarlo a jugar. Los tres niños eran de otras fincas cercanas. Todos vestían con botas pantaneras y tenían las mejillas rojas por el frío de la montaña.

–Oiga Manuel, que si quiere jugar con nosotros – Preguntó Mateo con displicencia y arrestos de ironía.

–Bueno y ¿a qué vamos a jugar? – Dijo mientras sostenía a Diciembre con fuerza.

La niña del grupo propuso jugar con el muñeco, dado que en el jardín no podían jugar con balones por las flores de una de las tías.

–Ese muñeco tan feo debería servir para tirarlo, a ver, ¿quién lo lanza más lejos?–

Manuel se negó a maltratar su juguete de esa forma y dijo que probablemente le dolería. Las mofas no faltaron y entre los tres niños ridiculizaron su “amor” por el juguete.

–No llore Manuel, juguemos, y si se daña pues se arregla, su tía sabe coser– Insistió Jorge sin poder contener la risa.

Manuel les dijo que, a veces, sentía como si Diciembre le hablara, que quería decirle algo pero que por su falta de boca no podía articular ni una palabra. Se burlaron nuevamente de él e hicieron hincapié en la falta de la madre y que su extraño comportamiento se debía a eso. Era una infamia, pero a esa edad, no se tenía mucho sentido común en la sesera para darse cuenta de lo que se decía.

–Bueno, si eso es verdad, hagámosle una boca a ver qué dice– Infirió Salomé.

Manuel aceptó con desconfianza y entre todos le hicieron una boca con la ayuda de un marcador. Esperaron un rato y con un aire de incredulidad se resignaron, pero de repente el muñeco saltó de la mano de Salomé y quedó parado en la tierra.

–Disculpa, es que tienes las manos heladas Salomé– Dijo Diciembre con un tono seco y despectivo.

Todos los niños pegaron un brinco. Salomé grito y  Jorge se puso a llorar inmovilizado. Mateo no podía creer lo que estaba viendo y lo demostraba con la boca abierta, estupefacto. Manuel no sintió miedo, mas bien, sintió una fuerte emoción, aunque creía que estaba alucinando, la verdad, el asombro era de todos.

–Yo sabía…  ¡sabía que su mamá era una bruja! – Jadeó Mateo con miedo.

–Querido Mateo, no son justas esas palabras, viniendo de un niño que se roba los pasteles de coco de las casas ajenas, te he visto. Manuel me lleva a todos lados y tú, niña Salomé, ¿no estás muy grande para mojar la cama? Tu madre cree que es un problema mayor o al menos eso fue lo que le dijo a esas dos brujas que viven aquí– Diciembre miró por último a Jorge y no tuvo que hacer mucho para inmutarlo y propiciar su carrera y sus gritos por su madre. Pronto los demás hicieron lo mismo.

Manuel lo miraba aún desconcertado y Diciembre volteó a verle –Nadie más debe saberlo– Dijo el muñeco y luego se desplomó en la tierra quedando de nuevo inmóvil.

Una de las tías salió enojada, echando humo por las orejas y agarró a Manuel del brazo con una mano y con la otra cogió al muñeco – ¡¿No le da vergüenza Manuel?! Usted asustando a los niños con ese trapo viejo

La mujer se llevó a Manuel a la fuerza mientras él pataleaba y rogaba para que le regresaran su muñeco, pero la malvada tía arrojó a Diciembre a un fogón de leña y Manuel en llanto solo pudo ver cómo su juguete se lo consumían las llamas.

La tarde terminó y las vecinas se fueron con un poco de muchachitos llorando, asustados y con los mocos afuera. –Muy bueno que le hayan quemado ese muñeco diabólico para que aprenda– Dijo Salomé entre sollozos. Lo único que quedó después del forcejeo con la tía fue un botón, un ojo del muñeco, y recordó que su tía también cosía y él sabía dónde estaba la caja de galletas con las agujas y el hilo.

SantiagoOspinaV

SantiagoOspinaV

Estudiante de II semestre de Licenciatura en Español y Literatura. La novela y el cine negro (noir) están entre mis géneros favoritos. Escritores predilectos: Mario Mendonza, H. P. Lovecraft, Santiago Posteguillo, Mark Twain y J. R. R. Tolkien. Del cine destaco las apuestas de Sir Peter Robert Jackson, Q. Tarantino, Steven Spielberg y Guillermo del Toro. Proyectos: Posicionarme como un escritor reconocido de ciencia ficción. Intereses: Crónicas y periodismo; Fotografía y Música.

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