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La Astilla en el Ojo

Adiós al ‘Coma Andante’ Fidel: metáfora de la muerte

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (Pavese)

El pasado viernes 25 de noviembre, un nuevo pez se zambulló en las orillas del malecón habanero, la noticia alertó a las autoridades acuáticas. Se trataba de un pez barbado, maloliente, de aletas caídas y branquias irregulares por donde destilaba sangre, sin embargo, en ocho kilómetros a la redonda, el pez verde olivo se hacía llamar el Gran Pez.

Era en realidad un vertebrado revoltoso en cuyos ojos ardía una Isla. Se dice que en su estancia en el mar se le antoja estar solo, que tiene un humor sombrío y que en un día, produce más escamas que todos los demás en el malecón en un mes. Las guitarras, bajo la sombra de las estrellas invisibles, no tardaron tres noches en llorar la partida del nuevo inquilino. Un pez de apellido Baquero saltó en el sepulcro breve de la noche y ofreció las palabras muertas del difunto, su testamento:

Yo soy un pez, un eco de la muerte, / en mi cuerpo la muerte se aproxima hacia los seres tiernos resonando, / y ahora la siento en mí incorporada, ante tus ojos, ante tu olvido, ciudad, estoy muriendo, / me estoy volviendo un pez de forma indestructible, / me estoy quedando a solas con mi alma, / siento cómo la muerte me mira fijamente, / cómo ha iniciado un viaje extraño por mi alma, / cómo habita mi estancia más callada, / mientras descansas, ciudad, mientras olvidas (Baquero, 1998: 52)

La sombra del ‘Coma Andante’ no se ausenta, permanece en Gestos de Severo Sarduy (1963) cuando advierte: «Entretanto la revolución iba subiendo. Entrada de Castro en La Habana. Una paloma, para citar a Picasso, se le posó en el hombro. Era blanco y rubio. Quetzalcóatl de regreso». ‘El enfermo nacional’ respira en la espalda de Wendy Guerra (1970) mientras ella posa desnuda en La Habana. ‘El monstruo de las Antillas’ está en Ronaldo Menéndez (1970) y Pedro Juan Gutiérrez (1950), quienes no temen tampoco a expresar su desencanto por el régimen del que fueron víctimas. La barba del ‘caballo’ está en el Informe contra mí mismo, los diarios desgarradores de Eliseo Alberto (1997). ‘El estalinito’ está incluso en El hombre que amaba a los perros (2009) de Leonardo Padura, donde Iván, un escritor bastante desafortunado, perseguido por el fantasma de la dictadura, nos da cuenta de su depresión política, la que difícilmente pudo evadir, acaso a través de la muerte.

Padura, a propósito, sostiene en una entrevista del 2014 que «no hay historia cubana sin Fidel» y que «en una sociedad como la cubana, con cualquier decisión, cualquier ejemplo, cualquier actitud de la cual tú hables, estás tocando un tema de carácter político» (Padura, 2014). Pues bien, un porcentaje considerable de la obra de Reinaldo Arenas Fuentes (1943-1990) no excluye esta empresa, por el contrario, puede aceptarse como un tratado de la disidencia. Es su lucha frente al Sistema; el puñetazo verbal en el rostro de la totalidad, de cara a la Represión.

     El Central de Reinaldo Arenas es un libro de poemas que hace parte de una trilogía que lleva como título El leprosorio (1990) y que acompaña Morir en junio y con la lengua afuera (1983). En este horizonte, haremos referencia solo a El Central como una metáfora de la distopía sociopolítica cubana. Interesante es que los versos que suceden en esta pieza poética se producen en una planta de caña donde nuestro autor está como recluta desarrollando trabajos forzosos por orden y cortesía del ‘Tirano Saurio’ o Reprimerísimo como él mismo lo llama con confianza y firmeza en algunas de sus obras.

Entiéndase la distopía como una utopía negativa, es decir, una antiutopía, una sociedad del desencanto donde pulula el pesimismo y la opresión, al igual que el horror, hacen de las suyas. Distopía es hacer que una nueva humanidad se restablezca de afuera hacia adentro. Cabe advertir que la narración apocalíptica es una de las características intrínsecas de la distopía y por ende, narrar un apocalipsis será siempre narrar una distopía (véase la distopía en el cine para ampliar el concepto).

Narrativas distópicas son las novelas La vida breve (1950) o Juntacadáveres (1964) del escritor uruguayo Juan Carlos Onetti, acaso más eclipsado que el mismo Reinaldo Arenas, un sujeto que reunía tres condiciones esenciales para vivir el infierno y los excesos de la Revolución cubana: ser poeta, maricón y disidente. Miremos en la obra El asalto (1990) cómo se plantea ese ambiente degradante en una sociedad condicionada, inestable y sin identidad que sirve de polea para la narración de Arenas:

Así regreso a mí casa, o sea, adonde vivo. Yo vivo en una casa de vidrios. Se le llama de vidrios pues puede ser destruida cuando la Reprimería lo disponga. Está hecha de latas, cartones, palos, garfios, piedras y pedazos de vidrios de la última gran guerra. […] Por las hendijas gotea la sangre. La bestia chilla. Salgo. […] Coloco mi garfa contra el pájaro y lo restriego contra los vidrios. Aun destripado patalea dos veces. Como. Bocado exquisito que nunca habrán de saborear los que viven en el polifamiliar. Lo que más gozo en triturar con los dientes es la cabeza (Arenas, 1990: 21).

Nuestro autor refiere una sociedad cubana en decadencia. Sus personajes son bestias en una isla in-continente, de otro mundo del que difícilmente se puede escapar sin haber sido antes sometido a la ignominia. Incluso en obras como El mundo alucinante (1966), la voz de lucha, apresada por una prosa surrealista se hace evidente, de tal modo que el mundo que recorre el protagonista de la novela, Fray Servando Teresa de Mier, resulta siendo un diáfano ejemplo de la distopía, pues se trata de una prisión laberíntica en la que los personajes actúan mientras un telón hecho de pieles de negros baja y termina el espectáculo alegórico de la Revolución. El mundo alucinante es una celda metafísica, un breviario nihilista que besa la muerte y tiene como tótem al absurdo.

     Las narrativas contemporáneas se están caracterizando por su excursión en la nostalgia, su gusto por lo macabro (lo gótico ha vuelto, a no ser que nunca nos haya abandonado), la desesperanza y el caos. Libros actuales refractan un malestar en nuestra cultura, los artistas están empecinados en develar la infelicidad como principio de vida; sociedades alienantes y utópicamente negativas, para Arenas esto es, la catástrofe política a la que arremete, su voz frente a la represión o la desgracia misma que el Reprimerísimo inflige al pueblo del níquel y el cobalto.

Los personajes de Arenas, caracterizados por un inconformismo pulsional y enclaustrados en una suerte de resistencia, no creen en el futuro porque son conscientes que su porvenir está condicionado por el Sistema, de ahí su impotencia, su esterilidad social y sus voces rebeldes que en un sorbo, son tragadas por los peces de los malecones habaneros donde los músicos enmudecen las guitarras con quintas y con octavas; otros rasgan los acordes con pesos cubanos o con las uñas cercenadas, en todo caso y al unísono, interpretan un son cubano, la fatalidad histórica.

Así las cosas, me atrevo a conjeturar que Reinaldo Arenas repara la crisis de los valores de la modernidad mediante su declaración de las irregularidades del poder político cubano de su época, una acción que realiza a través de las obras: El asalto (su incansable lucha contra el silencio y la opresión), El Central (la denuncia de su persecución y la represión del régimen castrista) y Otra vez el mar (la imagen de una mujer enigmática y el fracaso de un poeta revolucionario que se alza como la voz de su pueblo).

Reinaldo Arenas eleva metáforas creando nuevas realidades y mundos posibles dentro de la literatura, es la isla entera hablando, es quien pasea los ojos en La Habana mientras repara:

Isla, contra ti se estrellan todas las audacias. En tu tan cacareado verdor han pastado todas las miserias y ahora se han instalado al parecer con carácter permanente (Otra vez el mar, p. 170).

Mientras Guillén (1969) levanta una muralla con versos para unir horizontes entre blancos y negros, Arenas recrea El Central una distopía alucinante en la que manos esclavas revuelven y siembran la tierra y exprimen los tallos, cuajan el jugo para que el ilustre extranjero, agite la esbelta cucharilla y beba (Arenas, 1981). Y precisa además, con arrestos de cinismo, la forma en la que el rey posa su mano sobre las tierras conquistadas:

Aquí, aquí.
Aquí el dedo del fanfarrón. El indignado dedo
del gran dictador, señalando los campos que
manos esclavas tendrán que arañar.
[…]
Aquí, aquí.
80.000 manos acá, en la zona occidental
que hay que resembrar, abonar, recolectar, empacar
y exportar.
[…]
Elemental y apabullante
rústico y gritón
amenazador y furioso
bárbaro y bambollesco
ha de ser el discurso del nuevo trajinador de sentimientos.
Su presencia, voluminosa y velluda.
Sus andares, libidinosos y ásperos.
Sus promesas, descomunales y estúpidas.
Sus leyes, intransigentes y arbitrarias.
[…]
Bella la figura del indio
desnudo.
Bello su cuerpo sin vellos.
[…]
Y aquellos muslos, Ay, dorados y duros; torneados. Tan diferentes de estas carnes europeas, peludas, blandas y lechosas; envueltas en trapos.
(pp. 11-13).

Contra la selva legendaria, el Gran Cacique lanza una jauría que se confunde con los soldados y los rifles automáticos, su objetivo, cazar negros; la recompensa para quien cace más, una medalla que lo distinguirá como héroe y tal vez una hacienda o un par de monedas de oro:

Negro
no hay sociedades secretas
no hay sociedad mágicas
no hay ritos
no hay sociedad que te salven
Tu color te condena.
[…]
El negro cae cae cae en la tierra hirviente que lo achata y
engulle cae en los abismos brillantes
que lo retienen embruteciéndolo cae en la
Granja Estatal que lo esclaviza cae cae
cae finalmente en el oscuro vientre del barco
que lanza emanaciones torturantes
[…]
Negro
no hay tambores en la noche
que amedrenten la codicia del tratante,
de nada te servirá beber sangre de
gallo
Ellos terminarán bebiendo tu sangre.
[…]
Ellos terminarán siempre reventándote.
(p. 33-36).

De esta manera, Arenas se encarga de presentar sus impresiones distópicas en torno a la esclavitud en tiempos de Conquista (donde la cabeza de un negro cualquiera cae en una caldera y hasta sus sesos se transforman en azúcar de caña), la decadencia de la República de Cuba y los excesos del «Reprimerísimo», los cuales d(enuncia) con un lirismo cínico, característico de su disidencia. La voz del poeta se confunde con un grito, un estruendo, ¡puñetazo es la palabra!; una delación de las irregularidades del poder político cubano. Arenas gritará en su poema que para construir un imperio celeste se necesita algo más que brazos negros. Los personajes de El Central exhiben un cero en sus bocas y de golpe, una puta uniformada, revolucionaria e histérica, mueve el culo y danza al son de un cha-cha-cha. (lo que pasó pasó, parecen decir esas nalgas). No hay que ser indiscretos. Basta sencillamente con mirar (p. 38).

La capital de Cuba es solo eso, una ciudad de gente gesticulante, de almacenes españoles y stores americanizados […] una ciudad de muchas máquinas y pocas luces; donde el voyeurismo era una suerte de pasión nativa, como el canibalismo entre los caribes. Dormir en ‘La Vana’ es una imagen de la muerte (Cabrera Infante: 1987). La Habana, esa ciudad laberinto de la que se quejaba Humboldt mientras reparaba según Carpentier el mal trazado de sus calles.

Los muertos son llamados, los negros cubanos son citados a la provincia sin estilo, no hay tiempo, la patria los llama, el Reprimerísimo quiere que formen parte de una estrella del cielo habanero. La Habana, Arcadia en principio, luego una pecera con columnas de hierro por donde se filtra la noche. Agoniza la tarde en Nueva York, Reinaldo Arenas abre las páginas de un periódico como si de un muchachito se tratara y lee en ellas a su amigo Lezama Lima (1910): «las incesantes transformaciones de la caña necesitan […] más un periodo geológico que una industria, una medida relacionable entre el vegetal, el hombre y el fuego […], un juego de posibilidades del que solo los cubanos conocemos el secreto». Arenas evoca a esos negros mientras sorbe una taza de chocolate y recuerda ese sabor dulce proviene del cañaveral del que hizo parte, boga, se rasca muy bajo, se acomoda en su sillón, ruge y le pregunta a una nube:

De noche los negros. ¿Son “almas que gimen”? ¿Son aguas que fluyen? ¿Son perros que ladran? ¿Son cosas que revientan? De noche los negros, ¿son negros? […] son reclutas, son bestias que giran violentas y torpes; hambrientas y torpes; esclavizadas y torpes […] De noche, de noche de noche los negros de noche, ¿se distingue el color de su piel? ¿se distingue el color de su angustia? ¿se distingue el color? […] ¿saben ellos la dimensión de la estafa que padecen? […] ¿Alguien se atreve a negarnos la eternidad? (pp. 58-65).

Arenas está bebiendo sangre de negro, de indios. El saber esto aumenta su libido porque recuerda a aquellos hombres de tez brillante, de cabello lacio y negro y esas pieles apretadas y suaves, ¡Auch, cómo quema este chocolate! ¡Azúcar!, alusión a la comunidad según Elías Canetti (1981), a quien se le antoja llamar símbolo de masa a toda aquella unidad que representa «el mito y el sueño, en conversación y canto, simbólicamente».

¡Adiós Fidel!

Magíster en Literatura “¡Sépanlo todos! Cada hombre mata lo que ama: unos, con mirada cruel; otros, con palabras amorosas; el cobarde, con un beso, y el valiente, con la espada”. O. Wilde

diegohernandezarias@hotmail.com

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